7 de noviembre de 1917

Julio A. Louis

El 1º de marzo de 1917 cae la autocracia zarista, sumergida en contradicciones, agravadas por las derrotas en la Primera  Guerra Mundial. Cuatro gobiernos provisionales de composición reformista se suceden, los que contra la opinión del pueblo, prosiguen la guerra a instancias de los aliados de Rusia, Gran Bretaña y Francia. Los bolcheviques se enfrentan a esos gobiernos provisionales y preparan la segunda insurrección, con consignas de admirable sencillez: “Paz, pan, tierra”,  expresiva del sentir de los soldados, obreros y campesinos; y “¡Todo el poder a los Soviets!”, sus órganos políticos,  nacidos en el fragor de la revolución vencida en 1905. La insurrección llega basada en el Soviet de la capital, San Petersburgo.

El 7 de noviembre (25 de octubre del calendario gregoriano), las tropas revolucionarias toman estaciones de ferrocarril,  centrales de correos, telégrafos, bancos, ministerios y el Palacio de Invierno, refugio del gobierno. Hay 500 muertos, menos que en la Revolución de Marzo del 17. Para los trabajadores del mundo se consuma el hecho más trascendente del siglo XX, la Revolución Rusa, que profundiza los ideales de la Revolución Francesa del siglo XVIII.

Heredero del pensamiento de Marx, Lenin suponía que el imperialismo agravaría las contradicciones del capitalismo y ahondaría los sufrimientos del proletariado mundial, incluido el europeo, salvo para un sector reducido, la “aristocracia obrera”. En base a Marx y Engels, partía de la premisa de que el socialismo es imposible donde reina la estrechez y la miseria, que el socialismo sucedería al capitalismo occidental avanzado y que el proletariado de los países industrializados sería la vanguardia del proceso general acelerado por el desencadenamiento de la Guerra Mundial.  “Así, antes de que estalle la guerra del 14, Lenin ha elaborado su esquema estratégico de la revolución mundial, en el que la Revolución Rusa es el prólogo y el nexo de la revolución socialista en Occidente y de la revolución democrático-burguesa en Oriente. En esta construcción teórica se articulan tres tipos de revoluciones: las revoluciones directamente socialistas en los países capitalistas avanzados (Europa occidental y Estados Unidos); la revolución democrático-burguesa rusa, que por realizarse cuando ya existe un proletariado relativamente importante y concentrado podrá desembocar sin solución de continuidad, con ayuda del proletariado occidental victorioso, en revolución socialista; y las revoluciones del Oriente, en las que por no existir casi proletariado será forzosa una larga etapa capitalista sui generis. El agente clave en la grandiosa combinación de fuerzas revolucionarias que prevé Lenin, es el proletariado de los países capitalistas desarrollados. Este enseñará a los demás `cómo se hace’. De él depende que la Revolución Rusa pueda llegar hasta sus consecuencias últimas, y que las revoluciones orientales, una vez que se haya desarrollado el proletariado, puedan a su vez, pasar al socialismo.”  (Fernando Claudin, “La crisis del movimiento comunista”)

Contra las previsiones equivocadas  de los bolcheviques, la revolución proletaria europea no triunfa,  es derrotada en Hungría, y sobre todo, en Alemania (1919). Lenin expresa la angustia en sucesivos discursos: “Si examinamos la situación en escala histórico-mundial, no cabe la  menor duda de que si nuestra revolución se quedase sola, si no existiese un movimiento revolucionario en otros países, no existirá ninguna esperanza de que llegase a alcanzar el triunfo final […] las dificultades de nuestra revolución solo podrán ser superadas cuando madure la revolución socialista mundial.” (1918) “La victoria final del socialismo en un solo país es imposible.” (1918), “si no nos ayudan con rapidez los camaradas obreros de los países más desarrollados en el sentido capitalista, nuestra obra será increíblemente difícil y cometeremos sin duda, una serie de errores.”(1922). Llegará el reconocimiento patético: “ `Completamente solos’ nos dicen casi todos los Estados  capitalistas  […] Completamente solos nos dijimos” (1922).

La construcción edificada por partidarios del socialismo, no es una construcción socialista. Los errores,  los horrores y los crímenes de toda laya, confirma que apenas se alcanza un “socialismo en estado larvario”, un “proto-socialismo” (Rudolf Bahro “La alternativa. Contribución a la crítica del socialismo realmente existente” (1979) puesto que si bien los medios de producción y de cambio pertenecen al Estado, el Estado no le pertenece al proletariado, sino a una burocracia despótica fortalecida a partir de las debilidades de la revolución. Por consiguiente, los partidarios del socialismo estamos obligados a enriquecer el debate, a no esconderlo debajo de la  alfombra. En los hechos, solo los críticos del Estado soviético –más de una vez calumniados como “agentes de la CIA”- lo hemos hecho. Así en Uruguay, a meses de la caída de la URSS,  la revista “Alfaguara” le dedica su primer número (noviembre-diciembre de 1992), cuando muchos “comunistas” renegaban del marxismo e intelectuales “ajustaban cuentas” con él.

El antecedente similar a este fracaso del “socialismo” es el fracaso del “capitalismo”, que parece triunfante en el siglo XVI pero será barrido mediante una re-feudalización tardía, para renacer en otras condiciones histórico-geográficas, en la Inglaterra de fines del siglo XVIII. A pensar, a luchar, a no desesperar, que como dijo Frugoni, mientras el capitalismo permanezca con sus injusticias hay fundadas razones para el socialismo.

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