MARXISMO,ESE OCULTADO Libro del profesor Julio A Louis.

En nuestra nueva sección  de Formación: Pensamiento para la transformación social, publicamos integramente el libro Marxismo,ese Ocultado del profesor Julio A Louis, uruguayo y Consejero de nuestra Fundación Constituyente XXI.

 

 

     Marxismo, ese ocultado                                         Julio A. Louis                                                

 

 

       Dedicatoria

 

A Amanda, su inspiradora y tenaz impulsora de su elaboración

                 

 

ÍNDICE

 

Introducción

II. Conceptos Preliminares

La ideología

El marxismo, una concepción

El marxismo y la ciencia

El marxismo, sus orígenes

El marxismo, sus fuentes

III. El Materialismo Dialéctico

El materialismo

El marxismo y la religión

La dialéctica

La teoría del conocimiento

La teoría de la alienación

El marxismo y la moral

 

  1. El Materialismo Histórico

El materialismo histórico

El modo de producción

Los diversos modos de producción

Las estructuras

Las clases sociales

Proletarios y trabajadores

Otras categorías sociales

El papel del individuo

 

  1. La Teoría Económica

La teoría del valor

La plusvalía

El capital y la ganancia

La acumulación del capital

Las crisis capitalistas

El sistema capitalista

Hacia un sistema socialista

 

  1. La Teoría Política: el Socialismo

El rol de los trabajadores

Los sindicatos

El Partido

La Internacional

El Estado

El marxismo y la democracia

La conquista del poder

La dictadura del proletariado

Las fases de transición

El desarrollo desigual

Estrategia y táctica

 

VII. Conclusiones

El marxismo del siglo XXI

 

  1.     Introducción        

 

 

“Viejo, cuando yo era un muchacho un obrero me dijo, `tenés que leer el Manifiesto Comunista’. ¡Los obreros lo leían!”. Con bronca Enrique Broquen, ideólogo argentino radicado en Montevideo y formador junto a Vivian Trías de la generación de los 50 en el Partido Socialista, me lo comentaba al término de su vida. A sus tertulias sabatinas asistíamos y le escuchábamos entre otros, Eduardo Galeano, Carlos Machado, Conrado Hoffman y Adhemar Sosa.

 

Es que, durante generaciones, varias camadas de militantes fuimos educados en el marxismo. ¡Y qué polémicas! Entre quienes nos considerábamos marxistas, o entre marxistas y anarquistas, o con los batllistas.

 

Hasta 1973 inclusive -año de dos golpes militares basados en la Doctrina de la Seguridad Nacional- en Historia de las Ideas en la Facultad de Derecho se estudiaba marxismo, leninismo y la Revolución Rusa, y también en la segunda mitad de los 80. Pero un destacado egresado de Historia del Instituto de Profesores Artigas de los años 90, formado también en Ciencias Políticas, hace unos meses me dijo: “Las únicas nociones de marxismo en estos años me las diste vos”. Y en el Instituto yo dictaba Historia Americana…

 

Las generaciones de los 90 y de esta primera década del XXI no conocen al marxismo. Peor, muchos lo perciben como una antigualla superada como la rueca o la máquina de escribir. ¿Qué ha sucedido? La victoria económica del capitalismo sobre el `socialismo real´, la deformación del marxismo en que éste se sustentó y la difusión del pensamiento único, del neoliberalismo y de la pos-modernidad con su función desacreditadora de las grandes concepciones del mundo, despectivamente denominadas ` grandes relatos’, ha conducido a que la mayoría de la academia desconozca intencionalmente al marxismo. Ni una línea de refutación contra la dialéctica materialista, la teoría de la lucha de clases, la ley de valor, el Estado visto como instrumento de dominación. Mientras tanto a la miseria material la acompaña la irracionalidad de los `Pare de Sufrir’ y la difusión de valores imbuidos del más grosero individualismo a través de programas tales como `Gran Hermano’ o “Bailando por un sueño”. Al marxismo, mientras tanto, por la vía del olvido, de la des-memoria, se pretende otra vez matarlo, tarea en que la burguesía lanza empecinadas ofensivas desde el siglo XIX. Pero lo más grave es que va ganando terreno porque ni siquiera se le estudia con seriedad en los partidos o institutos de formación socialistas.

 

La izquierda sufre una profunda crisis ideológica. Es llamativa, la carencia de solidez de varios de sus dirigentes, que hacen gala del `pragmatismo’, hoja de parra de su desnudez conceptual.  Y como ha ocurrido siempre en la historia a una tergiversación de derecha la acompaña otra de `izquierda’. Y con la derechización ideológica, corre pareja la vocinglería hiper-izquierdista, también ignorante del marxismo, o asida al más rancio dogmatismo, que confunde la lucha de clases con la estrechez sectaria.

 

Me propongo re-presentar al marxismo; que no es bíblico, talmúdico, coránico, de cuyos párrafos se hace fe. Al materialismo dialéctico, fresco, rico, creador, antidogmático.

 

 

  1. Conceptos preliminares

                             2.  La ideología

 

 

Ante todo, ¿qué es el marxismo? ¿Ideología, concepción, ciencia, sistema, método? Mucho se ha escrito y deliberado al respecto. Mi propósito es tan solo una aproximación a estos complejos temas, comenzando por el de ideología.

 

En verdad la ideología tiene dos acepciones: la primera es concebida como una concepción del mundo, y generalmente se le da este sentido; la segunda es la de falsa conciencia o deformación y enmascaramiento de la realidad, tal como Marx la emplea. En efecto él denuncia su función, por ejemplo, en enfoques clasistas, tales como la supuesta `igualdad ante la ley’.

 

El concepto de ideología sólo puede ser cabalmente entendido como parte del concepto de modos de producción. No obstante, aún sin abordar este aspecto, puede señalarse que las ideas (y la ideología es su estudio) aseguran las relaciones entre los seres humanos en la sociedad. Pero desde que se constituyen sociedades estructuradas en clases sociales, los intereses de ellas se expresan con ideas; y son las clases dominantes –liberadas del trabajo manual se ocupan del trabajo intelectual- las que usan y divulgan sus ideas para que el resto de la sociedad acepte sus valores e intereses. Por consiguiente, la ideología nunca es neutra, aséptica y tiene siempre el fin de adherir a los individuos a sus roles, funciones y relaciones. Y cada clase social –u otros agrupamientos-etnias, iglesias, gremios, etc. – generan ideología, habiendo lucha entre ellas.

 

No cabe el pensamiento del ser humano sin ideología. Por eso es disparatada la pretensión de `des-ideologizar’ cualquier tema, lo que, en verdad, esconde generalmente la intención de desprestigiar a quienes aportan ideas contrarias a la supuesta verdad revelada.

 

La ideología es indispensable a toda sociedad. Y se conforma por dos aspectos.

 

Uno es el de ideas elaboradas en sentido político, económico, jurídico, moral, religioso, filosófico, estético, etc., las que Marta Harnecker denomina `sistema de ideas-representaciones sociales’. (1) Nada de las relaciones sociales entre los seres humanos queda `fuera’ de la ideología.  Ésta abarca las conductas y juicios políticos, las actitudes y obligaciones frente a la producción o a la distribución  de  la riqueza, los valores  de  honestidad o indecencia,  rebelión o resignación, los comportamientos familiares (armonía o violencia doméstica) , las relaciones hacia otros seres humanos y hacia la naturaleza (frente al  sexo, al aborto o la  contaminación), el `sentido de la vida’ que cada ser se atribuye, la exteriorización de la personalidad manifestada en gestos  para afrontar el dolor, la soberbia o la modestia, la capacidad de mando, etc.

 

El otro componente es el conjunto de hábitos, costumbres o tendencias a reaccionar de cierta manera, lo que la pensadora citada denomina `sistemas de actitudes-comportamientos sociales’. (2)  Aunque no se medite regularmente, tomar mate, jugar al fútbol, el tipo de vínculos con amigos, son conductas ideológicas. ¿Recuerda lector, el desprecio de los voceros dominantes cuando las Cámaras con mayoría frenteamplista se inauguraron con la novedad de diputados o senadores bebiendo mate? Es que los hábitos y costumbres expresan enfoques de clases o de sus sectores o capas sociales.

 

Ahora bien, si hay ideologías e individuos que son portadores o agentes consecuentes de ellas, no siempre es así. Por lo general, cada individuo es un `collage’ de ideologías, dando un resultado original y único. De allí las múltiples incoherencias en cada colectivo o individuo.

 

Así que ideología (coherente o incoherente) tiene cada ser humano. El marxismo no es ajeno a la ideología. Pero es algo más: es una de las grandes concepciones del mundo y del hombre.

 

  • Marta Harnecker: “Los conceptos elementales del materialismo histórico”.

                3. El marxismo: una concepción

 

 

El filósofo francés Henry Lefebvre se introduce al tema citando a la revista católica `Archives de philosophie’: “el marxismo no es sólo un método y un programa de gobierno, ni una solución técnica de los problemas económicos; menos todavía un oportunismo vacilante o un tema para declamaciones oratorias. Se presenta como una vasta concepción del hombre de la historia, del individuo y de la sociedad, de la naturaleza y de Dios; como una síntesis general, teórica y práctica a la vez; en resumen, como un sistema totalitario.”  (3)

 

El marxismo es reconocido por sus enemigos como una concepción. Lefebvre indica que una concepción es una visión de conjunto de la naturaleza y del hombre, que puede ser una doctrina (hipótesis rígida) o una teoría (sometida a verificación científica). En primer lugar, una concepción representa una filosofía, pero, además una acción, lo que es algo diferente a una actitud meramente espectadora.   En segundo lugar, no es necesariamente la obra de tal o cuales pensadores, sino que es la obra y la expresión de una época.  De esta forma, si bien es preciso estudiar a quienes la formulan, hay que esforzarse, más allá de los matices, por interpretar al conjunto de ella.

 

¿Cuáles son las grandes concepciones del mundo y del hombre que se postulan en occidente? La cristiana, la individualista y la marxista. Y especifico en occidente, porque, por ejemplo, también lo son la islámica o la budista.

 

La cristiana fue reformulada, en relación al cristianismo primitivo, por los grandes teóricos católicos, en especial por Santo Tomás de Aquino (1225-1274). En lo esencial, afirma una jerarquía estática de seres, actos, valores, formas y personas. En la cima de la jerarquía está el Ser Supremo, el Señor-Dios. Los seres humanos deben adecuar sus vidas a dichos valores, jerarquías, etc. a fin de acceder al bien supremo que sus almas pueden alcanzar: el Paraíso Celestial. Es la concepción surgida en el medioevo europeo.

 

La individualista surge con la modernidad, con el ascenso del capitalismo mercantil, con una nueva clase social, la burguesía. Lo esencial es el individuo y entre él y lo universal hay una armonía espontánea, la misma que existe entre el interés individual y el general, entre la naturaleza y el hombre.  En su nacimiento es una teoría optimista, que corresponde al liberalismo, al crecimiento del Tercer Estado, al de la burguesía. Con el devenir del tiempo, el individualismo se mantuvo, pero devino en una concepción pesimista y autoritaria, expresión de una clase rectora de un tiempo de desigualdad y degradación.

 

La marxista surge con la Revolución Industrial y el proletariado. Rechaza las jerarquías exteriores, el análisis de la conciencia individual aislada, la armonía espontánea y fundamenta las contradicciones en el hombre, en la sociedad, en las relaciones del hombre con la naturaleza. La contradicción implica dificultad, obstáculo, pero también posibilidad de victoria. Por consiguiente, no asume ni el pesimismo ni tampoco el optimismo fácil.  Sus teorías se desprenden del conocimiento racional, científico. Por lo tanto, si el marxismo basa sus afirmaciones en la ciencia, es absurdo limitarlo al pensamiento de Carlos Marx, o de Marx y de Engels. En tal sentido, el mismo Marx dijo que él no era marxista. Porque la elaboración racional y científica no nace con Marx ni se termina con él. La concepción marxista presenta la particularidad que está capacitada para negarse a sí misma, en cada uno de aquellos aspectos en que el conocimiento racional desapruebe afirmaciones anteriores. Por eso, es preferible llamar a la concepción, materialismo dialéctico, asentada en sus fundamentos, y no en la obra de su teórico principal.

 

(3) Henry Lefebvre: “El marxismo”

 

  1. El marxismo y la ciencia

 

Marx funda el materialismo histórico y El Capital’ contiene los principios básicos de la ciencia marxista, según Louis Althusser. (4). La teoría reposa en la siguiente afirmación de Marx: `los filósofos no han hecho sino interpretar el mundo de diferentes maneras, lo que importa es transformarlo’. (5) Sería equivocado concluir de esta tesis que debe abandonarse el estudio y la interpretación para sumergirse en la acción, exaltando a la acción por sí misma. Pero es acertado comprender que no habrá transformación sin un conocimiento científico previo de la realidad a transformar, como también comprender que el conocimiento se modifica y profundiza en tanto se actúa para transformar la realidad. La teoría y práctica se retroalimentan (praxis).

 

Hasta las `Tesis sobre Feuerbach’ (1845) las teorías acerca de la sociedad y de la historia se limitaban a interpretarlas, pero no se proponían la transformación. Pero la Tesis 11 citada anuncia la aparición del materialismo histórico, o teoría de la historia basada en la ciencia.

 

Henry Lefebvre subraya el valor de los fenómenos económicos y afirma que requieren un estudio científico; sostiene que el materialismo histórico y la sociología   científica son equivalentes y aspectos de una misma investigación. Agrega: “El marxismo, constituido por el movimiento de un pensamiento sintético, unificador, jamás se ha detenido e inmovilizado en su desarrollo. Se presenta de este modo como un conocimiento racional del mundo que se ahonda sin cesar, superándose a sí mismo. Este enriquecimiento no se ha interrumpido hasta nuestros días. Prosigue y proseguirá todavía. Como una ciencia, el marxismo se desarrolla sin destruir por esos sus principios.” (6)

 

El marxismo y el materialismo histórico… Pero se cuestiona que la Historia tenga el carácter de ciencia. Se señala la imposibilidad en ella de experimentación y cuantificación, sus rasgos de novedad, complejidad e imposibilidad de predecir, la inevitable selectividad de hechos, la insuficiente explicación causal, para negarle el carácter de ciencia.  También se cuestiona el carácter científico de las ciencias sociales en su conjunto.

 

En efecto, John Bernal (7) divide a las ciencias en físicas (no se ocupan de los seres vivos o de sus productos), biológicas (se ocupan de los seres vivos) y sociales.  Después de indicar que las sociales son las últimas en aparecer y las más imperfectas, cuestiona que en su estado actual sean ciencias. Lo admite sólo con una condición: no exigirles rigurosidad.

 

Ahora bien, aceptado el atraso relativo de las ciencias sociales (las que desarrolla el marxismo), ¿por qué exigirles a ellas el rigor que las otras tampoco tienen? Lewis Munford (8) expone que, durante el primer período de avance mecánico, lo “real” equivale a lo que puede medirse y definirse con precisión y la idea que la realidad pudiera ser indefinible, vaga, mutable, era inaceptable. Hoy, científicamente, ese marco abstracto está en proceso de debate. Por ejemplo, ¿cuando llega el nacimiento o la muerte? Este debate se manifiesta en la cuestión del aborto o de la eutanasia. Así en el siglo XVII había un mundo mecánico, uno de organismos vivos y otro del hombre, pero en el XXI no se admiten los sistemas paralelos, sino un solo sistema en una compleja asociación.

 

(4) Louis Althusser. Presentación a la 6a Edición de “Los conceptos elementales del materialismo histórico” de M. Harnecker.

(5) Carlos Marx. “Tesis sobre Feuerbach”.

(6) Henry Lefebvre. “El marxismo”.

(7) John Bernal. “Historia social de la ciencia”

(8) Lewis Munford. “Técnica y civilización”

 

        

 

  1. El marxismo, sus orígenes

 

El materialismo dialéctico o marxismo nace en una época determinada, fruto de condiciones históricas concretas: la del pasaje del sistema capitalista de su fase comercial a la industrial.  Hacia mediados del siglo XVIII se inicia la fase productiva, llamada paleotécnica, basada en el complejo carbón-hierro, el primero fuente de energía y el segundo material de construcción. Esta fase supera la anterior (llamada eotécnica), la del complejo agua-madera (agua y viento, fuentes de energía y madera, material de construcción), vigente desde el año 1000. Una serie de inventos se suceden.  Así la máquina de Newcomen (1712) bombea agua para desagotar minas y para el abastecimiento de ciudades. Otras desarrollan las industrias textil, molinera, cerámica, metalúrgica, pero todas chocan con las limitaciones del complejo agua-madera. Finalmente, la máquina de vapor de Watt (1776) marca el afianzamiento de la revolución industrial.

 

La revolución industrial es precedida por la revolución agrícola, desde mediados del siglo XVIII y se acompaña de la revolución en los transportes. Sus consecuencias son gigantescas. Hay un impresionante desarrollo industrial, una sucesión de aplicaciones derivadas de la máquina a vapor (la locomotora, el barco, los elevadores), las que por su elevado costo conducen al monopolio y concentración de la riqueza, a la apertura de nuevos mercados para volcar la producción y también al empobrecimiento de las grandes masas.   Las máquinas, convertidas en capital, no permanecen ociosas, y un ejército creciente de hombres, mujeres y niños las mueven con su trabajo simple. Se suceden crisis violentas de sobreproducción, desocupación masiva, migración del campo a la ciudad, destrucción de la producción artesanal, disminución del número de artesanos y baja de salarios.

 

Y nace el proletariado moderno, la degradación del trabajo, la regimentación del tiempo, de la acelerada destrucción del medio ambiente. El nuevo modo de producción capitalista tiene tres características principales: los propietarios de los medios de producción (tierras, minas, fábricas) son capitalistas privados; el capital social se separa en unidades de producción competitivas o que lo son potencialmente; y la producción queda en manos de los trabajadores asalariados.

 

La lucha de clases se tensa. Engels señala “el profundo resentimiento” de la clase trabajadora británica “contra los ricos, por quienes son sistemáticamente explotados y luego abandonados despiadadamente a su destino” (9) augurando una revolución al lado de la cual la Revolución Francesa parecerá un juego de niños. Disraeli, político de primer nivel británico, percibe la presencia de “Dos naciones, entre las cuales no hay relación ni simpatía, que cada una ignora de la otra las costumbres, los pensamientos y los sentimientos como si estuvieran viviendo en mundos distintos o fueran habitantes de distintos planetas; que están formados en diferente educación, se alimentan con alimentos diferentes, son ordenados de distintas maneras y no son gobernados por las mismas leyes…” (10)

 

Este malestar profundiza uno anterior, ya que, a pesar de la Revolución Francesa, el dominio del Estado (desde la posibilidad del sufragio al usufructo de cargos elevados), el disfrute de los bienes económicos y las ventajas de la cultura, son patrimonios de la antigua nobleza y de la burguesía. Para las masas sólo quedan la miseria y las privaciones.

 

Esta situación hace madurar un ideal igualitario, nivelador, que termina plasmándose en ideas socialistas.  “La Utopía” de Tomás Moro (siglo XVI), “La ciudad del sol” del calabrés Tomás Campanella  (1568-1639), el pensamiento y la acción de `los rabiosos’ en los años finales  de la Revolución Francesa,  o Graco Babeuf  conduciendo la Conspiración de los Iguales (1796) con su célebre `Análisis’ y “El Manifiesto de los Iguales”, que proclama `la comunidad de bienes’ son precursores del pensamiento socialista.

 

El marxismo pues, se gesta cuando la actividad industrial moderna evidencia la lucha del hombre contra la naturaleza y cuando los progresos de la sociedad se acompañan del empobrecimiento de gran parte de ella.     

 

(9) Federico Engels: “La situación de la clase obrera en Inglaterra”.

(10) Benjamín Disraeli: “Sybil”

 

  

  1. El marxismo: sus fuentes

 

 

Marx y Engels son continuadores de las tres corrientes ideológicas principales del siglo XIX, pertenecientes a los tres países más avanzados: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés, a las cuales sintetizan en una unidad superior.

 

Desde la antigua Grecia, la filosofía perfila sus concepciones. La materialista con Tales de Mileto (siglos VII y VI A.C.), primer filósofo jónico, quien por un camino opuesto a la religión teoriza la formación del mundo; y Heráclito de Éfeso (VI A.C.) quien elabora las líneas generales de lo que luego se llamará  dialéctica, sosteniendo  la transformación constante de todas las cosas. Platón y Aristóteles (V y IV A.C.) fundamentan la concepción idealista. Siglos después, la escolástica formula una proposición inicial, acumula objeciones contra ella, para luego refutarlas y confirmar la proposición inicial, método que impide el avance de las ciencias.

 

La filosofía moderna enfrenta al orden feudal y a la Iglesia Católica, extiende el dominio de la razón hasta donde imperaba la fe religiosa y promueve las ciencias naturales, una de las condiciones del desarrollo económico de la sociedad burguesa. Esa filosofía en Alemania alcanza su apogeo. En ella, la revolución burguesa posee un nivel ideológico superior.  Hegel y Feuerbach son sus representantes principales. Hegel redescubre la dialéctica y la perfecciona. Se trata de un método revolucionario en sí, pues afirma que todo lo que existe desaparecerá. Pero Hegel se mantiene en el campo del idealismo: cree que la idea, realización de una Idea Absoluta, es la que crea la realidad. Además, a diferencia de lo que fundamenta en la Historia, piensa que la Naturaleza, mero derivado de la Idea, se sucede sin evolucionar.  Feuerbach, el más sobresaliente y radical de sus discípulos, rompe con la religión y es materialista. No es Dios quien crea al Hombre, sino éste quien crea a su imagen a aquél. El pensamiento se vuelve inseparable de la materia. Pero su materialismo es mecanicista y no dialéctico.  Marx y Engels son discípulos, admiradores y críticos de ambos.

 

Así como el auge de la burguesía mercantil después de la Revolución Comercial acuna la teoría mercantilista, la Revolución Industrial acuna a la `economía clásica’. Sus teóricos (Adam Smith, Malthus, Ricardo, John Stuart Mill, etc.) encuentran las `leyes naturales’ de la economía, fijas, eternas, justificadoras de la actividad de la burguesía. Se sintetizan en el concepto de que quien trabaje para sí mismo sirve al bien de todos. La función de los gobiernos es preservar la paz, proteger la propiedad y abstenerse de toda intervención.  Los economistas durante doscientos años buscaron la fuente última de la riqueza. Adam Smith (1723-1790) concluye que el trabajo es la fuente de todo valor, de toda riqueza. La riqueza de una nación dependerá del grado de productividad del trabajo y de la cantidad de trabajo productor de riqueza. Estudia la división del trabajo, el dinero, el cambio y la distribución. David Ricardo (1772-1823) profundiza la obra de Smith y aporta a la teoría del valor y la distribución. Marx y Engels beben en esas fuentes con espíritu crítico.

 

Francia, epicentro de la revolución social y política, es la cuna del socialismo. Los socialistas `utópicos’ basados en la filosofía social racionalista del siglo XVIII, describen la sociedad del futuro y meditan sobre los medios para lograrla. Owen (inglés), Fourier, Saint-Simon, etc. apelan a la clase dominante, repudian la acción política, sobre todo la revolucionaria y su pensamiento transita por carriles separados de la actividad de las masas.

 

Pero desde la Revolución de 1830 (implantación de la monarquía constitucional) y más aún, desde 1848 (Segunda República) cuando el proletariado sale a la escena con reivindicaciones propias procurando la conquista del poder político, los socialistas `de transición’ se identifican con el proletariado, con la crítica de la sociedad capitalista y afirman que las masas dependen de sus propios esfuerzos. Augusto Blanqui desarrolla fundamentalmente la cuestión del poder y de la vanguardia; y el anarquista Pedro José Proudhom la cuestión de la propiedad. A su vez, los cartistas ingleses con su `Carta al Pueblo’ (1838) fundan el primer partido obrero de la historia. Todos ellos, constituyen la tercera fuente inspiradora del marxismo, considerado como el `socialismo científico’.

 

III. El Materialismo Dialéctico       

 

  1. El materialismo

 

 

El marxismo se compone de cuatro partes constitutivas interrelacionadas: el materialismo dialéctico (filosofía), el materialismo histórico, la teoría económica y la teoría política.

El materialismo dialéctico relaciona los conceptos materialismo y dialéctica contenidos en la denominación. Presenta dos características: reivindica su condición de clase, pues sirve al proletariado; y tiene un carácter práctico, pues la teoría se cimienta de la práctica.

El materialismo del marxismo posee tres acepciones.

La primera se expide sobre la cuestión fundamental de la filosofía que es la relación entre el pensamiento y la vida real, entre el espíritu y la naturaleza. ¿El mundo fue creado por Dios o existe desde la eternidad? “Los que afirmaban el carácter primario del espíritu frente a la naturaleza, y, por tanto, admitían, en última instancia, una creación del mundo bajo una u otra forma […] formaban el campo del idealismo. Los otros, los que reputaban la naturaleza como lo primario, figuran en las diversas escuelas del materialismo.” (11)

Para los materialistas, por consiguiente, el espíritu es un producto de la materia, en tanto que, para los idealistas, la materia es un producto del espíritu.

La naturaleza existe con independencia del espíritu. Pasa por diferentes estados: primero es naturaleza muerta, inorgánica. De su evolución surge la naturaleza viva, orgánica y de ésta la materia pensante. Por eso, el pensar está determinado por el ser. La conciencia, función de un cerebro material, depende de condiciones que son materiales; por de pronto, si faltan determinadas sustancias químicas o conexiones eléctricas no hay desarrollo cerebral ni conciencia.  Por ello, el espíritu no existe con independencia de la materia ni el pensamiento existe sin el cerebro.

 

La segunda la plantea Engels en la obra citada, adoptando otra definición sobre el materialismo. Materialista es la forma de concebir y entender la realidad en su verdadera concatenación, sin quimeras idealistas ni concatenaciones imaginarias. El materialismo es comprendido como método. En `El Capital’ Marx define al método materialista como el único científico, que en particular parte de la historia de la tecnología para explicar la formación de la sociedad.

 

La tercera acepción se observa en la relación sujeto-objeto. Se trata de superar la visión contemplativa de la realidad, destacando su condición de `materialismo práctico’, remarcando que es posible cambiar las cosas. “El materialismo es, ante todo, concepción materialista de la historia, teoría de la actividad del sujeto.” (12)

 

Acanda, pensador cubano, subraya que la teoría materialista de Marx y Engels es un materialismo centrado en conocer (método) y en transformar (praxis). Y previene: “La contraposición entre el materialismo `objetivista’ repetición del fatalismo anterior, y el materialismo `práctico’ o materialismo de la subjetividad, ha signado la historia del marxismo hasta nuestros días. Como señala el filósofo marxista de la RFA Hans Jorg Sandkühler, la historia del materialismo, desde el último tercio de siglo XIX es ante todo una historia no solo de la lucha ideológica entre clases contrapuestas (burguesía y proletariado) sino también de las contradicciones dentro del propio movimiento socialista.”  (13)

 

He presentado al materialismo, al que le falta su complemento, la dialéctica.

 

(11) Federico Engels: “Ludwin Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”

(12)  Jorge Luis Acanda: “¿Qué marxismo está en crisis?”. En `Alfaguara’, No. 9, 1995).

(13) Ibidem.

 

                    8. El marxismo y la religión

 

 

 

El marxismo es ateo, niega la existencia de dioses o de un dios único. A su vez, Marx ha expresado que la religión es “el opio del pueblo”. (14) ¿Qué significan dichas afirmaciones?

 

La religión es un producto de la fantasía, de la inspiración, basada en la creencia, en la fe, mientras que el materialismo dialéctico se basa en el conocimiento científico. La polémica entre un materialista y un creyente se paraliza en este inevitable intercambio: `¿No comprendes que alguien, un dios, tuvo que crear el mundo? argumenta el  creyente. `¿Y quién hizo a dios?’ interroga el materialista. `Pues Dios es Dios y se crea a sí mismo’. ` Y yo te digo que la materia es la materia y se crea a sí misma’. Sólo que es demostrable la existencia de la materia y no lo es la de dios.

 

Una profunda diferencia de método separa a la religión de la ciencia.  Ante fuerzas tales como la lluvia, el viento, el trueno, que atemorizan, los pueblos primitivos las imaginan como la acción de dioses y prueban acciones para congraciarse con ellos a fin de dominarlas: sacrificios, rogativas, regalos, etc. Las religiones interpretan fenómenos inexplicables, tanto las politeístas como las monoteístas. En ellas no se cambia la esencia de la explicación: un ser fantástico, que vive fuera y más allá del mundo, de poderes infinitos e incomprensibles, rige los fenómenos, sean naturales o sociales. Por consiguiente, un ser al que no se puede toca, ver, oír, etc., imperceptible para los sentidos, e incomprensible a la razón humana, paradójicamente vuelve inviable cualquier demostración de su inexistencia.

 

La ciencia, en cambio, estudia esos fenómenos naturales o sociales, compara, relaciona con otros.  Después elabora interpretaciones para explicarlos y la sociedad se apropiará de esos conocimientos.

 

La religión se explica, de una parte, por el estado de dependencia del ser humano frente a la naturaleza, y de otra, por la sensación de indefensión de los individuos ante fuerzas incomprensibles de la sociedad. ¿Por qué cree la burguesía en dios?, se pregunta Paul Lafargue, en un célebre folleto. Porque los vaivenes de las tasas de interés, las caídas de las bolsas de valores, las repentinas crisis del dios mercado, etc. le resultan tan incomprensibles como la lluvia o el trueno para los primitivos.

 

Pero el marxismo, además observa otros aspectos relacionados con la religión. Por de pronto, cuando los individuos sufren la ausencia de derechos y en ellos cunde la desesperanza y se resignan a   no luchar contra las relaciones sociales de explotación y de opresión, esperando hallar la justicia en un más allá, el marxismo denuncia el rol negativo, de “opio de los pueblos” que en tales casos cumple la religión. En una sociedad de clases, generalmente los privilegios de una clase se defienden propagando ente los oprimidos la resignación y la justificación del estado de cosas como fruto de los designios inescrutables de Dios. No obstante, la lucha ideológica contra la fe -elevada por encima de la ciencia- que libra el marxismo, de ningún modo, condena u ofende a los creyentes. Denuncia sí el rol adormecedor de conciencias, de sectas e iglesias que alienan, que esconden la realidad, en beneficio de los explotadores y opresores.

 

El marxismo a su vez se diferencia del racionalismo liberal, burgués, en el modo de combatir a la religión. Mientras para éste, la cuestión es de educación, de iluminar las conciencias contra el oscurantismo religioso, el marxismo considera que la educación es tan sólo un aspecto del combate. Estima que los seres humanos no precisarán de la religión, recién después que modifiquen las relaciones económico-sociales, de modo que los vínculos entre los seres humanos y entre éstos y la naturaleza sean armoniosos. Así como un hambriento se obnubila para conseguir cualquier alimento a su alcance, el desesperado está en pésimas condiciones de reflexionar mientras perduren las condiciones que motivan su desesperanza.

 

Entretanto, marxistas y creyentes, deben mancomunar esfuerzos por modificaciones concretas, acordando en valores compartidos con los que pueden defender la justicia en este mundo. En ese sentido es ancho el campo de coincidencias con los cristianos.

 

(14) Marx: “Contribución a la crítica de la filosofía del derecho, de Hegel” “(Introducción)”

 

 

                                9. La dialéctica

 

La dialéctica “es la ciencia de las leyes generales del movimiento y la evolución de la Entretanto, marxistas y creyentes, deben mancomunar esfuerzos por modificaciones concretas, acordando en valores compartidos con los que pueden defender la justicia en este mundo. En ese sentido es ancho el campo de coincidencias con los cristianos. naturaleza, la sociedad humana y el pensamiento” (15). Es un método de pensamiento y de interpretación que parte de que todo está en constante cambio y que éste se procesa a través de contradicciones, esto es, del movimiento de los contrarios. Obsérvese que para el marxismo “El movimiento es la forma de existencia de la materia. Nunca y en ninguna parte ha habido ni puede haber materia sin movimiento, movimiento sin materia” (16).

 

“Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” sostuvo Heráclito, pues el río se modifica continuamente. Tampoco la persona es la misma, cuando se baña otra vez.  La lógica dialéctica, a diferencia de la formal, indica que todo es y no es simultáneamente, que un objeto es uno y otro distinto, que todo ser es el mismo en el nacimiento, en la madurez y hasta el deceso, pero que sin embargo, cambia y no es el mismo.  Nada hay establecido definitivamente y en todo, la dialéctica ve la caída inevitable en un continuo proceso de aparición, desarrollo y desaparición.

 

En la historia del conocimiento ha habido dos concepciones acerca de las leyes de desarrollo: la metafísica y la dialéctica. La metafísica considera al mundo desde un punto de vista aislado, estático y parcial. Todas las variedades de las cosas y sus características, permanecen inmutables. Si algo es sí, es sí; si es no, es no. Así, un objeto puede repetirse eternamente, pero no convertirse en otro distinto. La metafísica atribuye las causas del desarrollo social a condiciones externas a la sociedad, como la geografía o el clima. Busca sólo fuera de las cosas mismas la causa de su desarrollo. Es un método que obsesionado por las partes no ve el todo.

 

La concepción materialista dialéctica estudia los objetos desde adentro y también desde la relación de unos con otros.  Las contradicciones son consideradas como el movimiento interno y necesario del desarrollo; de ese modo, la causa fundamental del desarrollo no reside fuera de los objetos, sino en sus contradicciones internas, en tanto que la relación de unos objetos con otros, interconectados y con influencias recíprocas, son causas secundarias (el virus mata si el organismo es incapaz de defenderse). La dialéctica analiza la trama de concatenaciones, de mutuas influencias.

 

Se desarrolla según tres leyes esenciales para Marx y Engels, que explican el cambio a través de una tesis, una antítesis y una síntesis, que será nueva tesis, en un eslabón de una infinita cadena evolutiva.

 

La primera, es la unidad de los contrarios. En la naturaleza, en la sociedad y en el pensamiento coexisten dinámicamente tendencias opuestas: es la idea del yin y el yang en China o en el budismo. Por ejemplo, uno de los principios de la dinámica es el de acción y reacción. Todo funciona por pares opuestos. Pero jamás hay términos opuestos sin que entre ellos exista algún elemento común. A la inversa, tampoco hay términos tan iguales entre los cuales no haya diferencias. Y siempre entre los dos aspectos uno es el dominante, aunque ese dominante pueda alterarse.

 

La segunda ley, es la negación de la negación. La palabra `negación’ normalmente se entiende como destrucción. En dialéctica su contenido es otro, pues significa negar y preservar a la vez.  Si se deja una semilla en condiciones favorables, germina. Se niega como semilla, y se desarrolla en una planta, que luego morirá, pero antes generalmente, producirá nuevas semillas   La negación de la negación no restablece la primitiva afirmación ni conduce al punto de partida, sino que tiene por resultado algo nuevo.

 

La tercera ley es la transformación de la calidad en cantidad y de la cantidad en calidad. Significa que el aumento o disminución de una cantidad a cierta altura transforma su calidad y recíprocamente que la transformación cualitativa determina una transformación cuantitativa.  Si se extrae sangre a un ser vivo no le ocasiona gran perjuicio; pasado un límite, le acarrea la muerte. Es la gota que desborda el vaso del dicho popular. Pero a la vez se procesan cambios de cantidad. Poco dinero no es capital, mucho puede convertirse en capital y una vez logrado, obtendrá más dinero a través de plusvalía, tasas de beneficios, etc. La incapacidad de eliminar sustancias tóxicas, obstructivas de células o arterias, en cierto momento, desemboca en enfermedad, cáncer, afección coronaria, etc. (salto de calidad); ya enfermo, el organismo baja sus defensas.

 

(15) Engels: “Anti-Dühring”

(16) Ibidem

 

 

 

  1.              La teoría del conocimiento  

 

 

El materialismo dialéctico opera una revolución en la teoría del conocimiento. Los filósofos se han interrogado acerca de cómo se relaciona el pensamiento con la realidad. ¿Se puede percibir la realidad tal como es? Al respecto, en el siglo XVII se enfrentan los racionalistas y los empiristas. Los racionalistas consideran a la razón como la base del conocimiento y los empiristas a la experiencia. Sin embargo, aunque ambos contienen una parte de la verdad, se equivocan en la elaboración de la teoría del conocimiento.

 

El proceso del conocimiento es complejo, compuesto de diversas etapas. Al principio, innumerables fenómenos del mundo exterior objetivo estimulan al cerebro por medio de los órganos de los sentidos; vista, oído, olfato, gusto, tacto. O sea que las sensaciones se reducen a un color, sonido, sabor, etc. Pero la sensación es un breve instante: en cuanto se piensa, el estado de conciencia de la sensación ya ha sido sustituido por otros o integrado en otros estados de conciencia más complejos, las percepciones. En efecto, percibimos cosas y no simples colores o sabores, y el percibir implica un hecho mental más complicado. Es decir, se perciben objetos fuera del sujeto, fuera de uno mismo, que ocupan un lugar exterior.

 

Ahora bien, al acumularse conocimiento sensorial, y con él, percepciones, se produce un salto al conocimiento racional, a las ideas. Esa nueva etapa del proceso del conocimiento conduce de la materia objetiva a la conciencia subjetiva, de la existencia de las cosas a las ideas. Pero todavía no se ha probado que las ideas sean acertadas o desacertadas, si reflejan bien o mal el mundo exterior. El hombre, como los restantes seres vivos, tiene órganos sensoriales con facultades restringidas. Por ejemplo, el ojo humano no registra el infrarrojo y el ultravioleta. Pero, a pesar de sus limitaciones, el ser humano posee capacidad de conocimiento valiéndose de la razón, del pensamiento. Precisamente en la etapa de conocimiento racional el ser humano –y en menor grado otros seres vivos- conduce su reflexión a captar la existencia, a teorizar y elaborar. Así, superará su capacidad visual, creando microscopios, telescopios, y sensores. En general, especialmente en su lucha con la naturaleza, si obtiene éxitos es porque su pensamiento es correcto, y si fracasa, porque no lo es. En la lucha social, en cambio, a veces las clases explotadas tienen ideas correctas, pero no pueden vencer hasta presentar la lucha en condiciones favorables.

 

Después viene una tercera etapa del conocimiento, cuando ese conocimiento racional es llevado a la práctica. En la práctica, la observación y la experimentación son los criterios de la verdad. Si se había concluido que el agua se compone de oxígeno y de hidrógeno, sólo la experimentación de combinar estos elementos o, al contrario, de descomponer el agua en oxígeno e hidrógeno, garantiza el acierto de la conclusión. Por eso sólo la práctica es el criterio último de la verdad. En términos políticos y sociales, igualmente, sólo se constatan los aciertos de los programas, de los planes, de los métodos, a partir de la práctica.  La teoría revolucionaria se traduce en acción revolucionaria.

 

Por último, si la práctica es el criterio de la verdad, ¿es posible un conocimiento exacto o absoluto? El proceso para el conocimiento es continuo. El conocimiento profundo requiere la adquisición de conocimientos relativos, menores, incompletos. La dialéctica avizora al conocimiento como una espiral de desarrollo. El ser humano se acerca a la verdad, manteniendo márgenes de error e imprecisión. En la explicación de la ley de la gravedad, Einstein supera a Newton, pero, aunque la teoría de Einstein es más aproximada a la verdad, también contiene márgenes de imprecisión. Igualmente, Marx superó a Owen, por ejemplo, pero su teoría no es definitiva ni perfecta, lo que agudamente hizo decir a Marx que él no era marxista. Seguramente, la humanidad llegará a un estadio de conocimiento determinado, en el que el materialismo dialéctico será superado por otro método de pensamiento más preciso. El materialismo dialéctico, como la ciencia toda, reposa en la humildad, en la noción acabada de la relatividad de todo conocimiento.

 

 

  1. La teoría de la alienación

 

 

Aspecto esencial e incomprendido del materialismo dialéctico es su teoría de la alienación, que analiza las relaciones entre `lo humano’ y `lo inhumano’. Por `lo humano’ se entiende el conocimiento, la razón, la amistad, el amor, la dignidad. `Lo inhumano’ designa a la injusticia, la opresión, la violencia, el sufrimiento. Pero la relación entre ambos, ha sido interpretada de modo diferente. Por ejemplo, para Platón la materia y la vida son `lo otro’ de la Idea, del Conocimiento, es decir, lo negativo. En el cristianismo todo, incluso lo humano’, está manchado por el pecado original. Para el materialismo dialéctico `lo humano’ es indisociable de `lo inhumano’ ya que el bien y el mal, lo bello y lo feo, son aspectos de la misma realidad. Y sólo la comprensión y superación del conflicto en términos históricos, potenciará lo positivo y debilitará lo negativo.

 

El marxismo plantea que en el sistema capitalista aún los trabajadores afortunados que tienen un puesto de trabajo sienten, en su inmensa mayoría, que el suyo es un trabajo penoso, en el que se mortifica el cuerpo y arruina la mente, para satisfacer necesidades extrañas a ellos.  Por ende, el trabajo no es voluntario, sino forzado, lo que explica que huyan de él en cuanto cesa o escapen de la coacción a la que se les somete. Es forzado porque no es hecho por el individuo con satisfacción para sí, sino que su esfuerzo pertenece a otro. De esa forma, para la gran mayoría la vida transcurre sin sentido, tolerable en el mejor de los casos, y en el peor, convertida en tormento. El trabajador siente que se le castra la destreza, se le fuerza a la disciplina patronal y que, cuanto más se automatiza su labor, más fácil se les sustituirá por los menos capacitados, que, según las situaciones, son inmigrantes, mujeres o niños. La intensidad y rutina del trabajo degrada y desprecia la vida como muestra “Tiempos Modernos” célebre sátira de Charles Chaplin.

 

La burguesía se aferra al más grosero materialismo, en el sentido vulgar y no filosófico. La búsqueda del lucro es el sentido de su vida y para conseguirlo recurre a la mentira, la estafa, la corrupción, el servilismo. La sociedad que domina se convierte en selva, donde “el hombre es lobo del hombre” (17), en la que cada uno se preocupa tan sólo de sí.

 

Cuando el ser humano no es capaz de elevarse hacia la búsqueda de alguna perfección, cuando la vida es un infierno, es lógico que vastos sectores, fundamentalmente pertenecientes a las clases explotadas y oprimidas, busquen acortar el tiempo, salir de la bestialidad, mediante estímulos también alienantes: el tabaco, el juego, la droga, el alcohol, la compra o venta de la relación sexual, ciertos programas televisivos, la irracionalidad religiosa. Todo vale para escapar.

 

El marxismo indica que la alienación –es teórica y es práctica. Teórica ya que la metafísica, la religión y la moral derivada de ellas, confunden a los seres humanos acerca de sus verdaderos problemas. Pero es también práctica. Además de la enajenación del trabajo, toda su vida social se disocia y deforma por la explotación de unas clases sobre otras. El trabajador no tiene familia y hasta sus hijos son objetos de uso para los patrones, ni posee derecho al bienestar, a la cultura, a la educación, a la atención de su salud. Con la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio, el dominio del hombre sobre la naturaleza se transforma en exclusivo provecho de pocos. Los productos hechos por el hombre, escapan a su voluntad.  El dinero es amo y señor, y la acumulación de capital en escasos individuos y en pocas naciones, se convierte en des-acumulación y empobrecimiento para las mayorías sociales y para el grueso de las naciones.

 

La mercancía, el dinero o el poder estatal, alcanzan una existencia propia e independiente al hombre. Hasta sus propias ideas le parecen de otros, fruto de espíritus o de dioses, que se transforman en fetiches a idolatrar, vivos y reales en tanto le dominan.

 

El ser humano deberá separarse de ese `otro’ dominante, incluyendo la alienación consumista que el capitalismo ha generado. El conflicto se resolverá mediante la destrucción de los fetiches y la superación de la alienación, merced a la recuperación de la conciencia de su propio poderío, lo que requiere de la Revolución Socialista. Entonces, el trabajo como goce creativo en aras de fines de legítimo desarrollo individual y colectivo, raro en el capitalismo, se generalizará.

 

 

(17) Tomás Hobbes: “Leviatán”

 

  1. El marxismo y la moral            

 

 

Las concepciones morales exteriorizan las relaciones económicas en que se producen y cambian las riquezas y las condiciones prácticas en que se desarrollan las sociedades. Cuando éstas se dividen en clases aquéllas exponen los valores de esas clases, acordes con sus intereses, y en el caso de una clase dominante, afirman su dominio.

 

En las sociedades en que los hombres dominan poco a la naturaleza y hay escasez general de bienes, es imprescindible limitar las aspiraciones de los individuos. La moral, vinculada a la religión, convierte a la necesidad en virtud. La moral fija reglas y quienes las violan son reprobados, sin diferenciar al criminal o al genio creador, castigando la audacia transgresora.  Pero esas reglas, disciplinas o sanciones, jamás aparecen con su sentido real, sino como mandamientos de potencias ocultas.

 

Los sistemas morales han sido instrumentos de dominación. No hay una moral de amos y otra de esclavos, sino sistemas ideados por los amos para que los esclavos los respeten. Cuando las clases dominadas se sublevan, abandonan las virtudes que les enseñaron (tal como la obediencia) y asumen las propias (la rebeldía).  No hay moral neutra, sino siempre, moral de clase.

 

La superación de las relaciones de esclavitud o de servidumbre por el `trabajo libre’ (por el cual quien no quiere libremente trabajar puede morirse de hambre) coloca los cimientos de la moral burguesa. Cuando la sociedad extiende el saber, y por ende el poder sobre la naturaleza, la burguesía ascendente rompe las corporaciones productivas medievales, libera trabas comerciales (peajes, aduanas) y propone el `libre contrato’ entre patrones y trabajadores. El ideal moral de libertad, la burguesía lo asocia a su derecho de explotar. Será `libre’ la sociedad en que pueda explotar; será `tiránica’ aquella en que no pueda. El objetivo del burgués es la defensa de la propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio para lograr la ganancia, con lo que impone el sufrimiento para los desposeídos y desata la corrupción. El tráfico de drogas es apenas una variante de la libertad de comercio, la prostitución otra variante de la venta de la fuerza de trabajo. El capitalismo, opuesto a la felicidad de las mayorías, sólo ofrece comodidades para pocos y vidas mezquinas. Los sueños perseguidos son los placeres artificiales, la persecución de la juventud eterna, la seguridad garantizada por los condominios enrejados.

 

Si toda moral es de clase, la de los marxistas lo es también pues “está enteramente subordinada a los intereses de la lucha de clases del proletariado. Nuestra ética tiene por punto de partida los intereses del proletariado en la lucha de clases.” (18)

 

Para el marxismo se trata de gestar una ética comunista, la del `Hombre Nuevo’ planteado por el Che Guevara, capaz de unir la disciplina colectiva con la iniciativa individual, y cuyo ideal de felicidad es la lucha, en la que cada individuo –agente de los intereses del proletariado, clase partera de la nueva sociedad- se realiza como tal en tanto contribuye a la emancipación de la clase. Aspira a que el individuo libre sea fruto de una sociedad libre, a que `el hombre rico’ de una sociedad sin clases sea fruto de la auto-realización como necesidad interna, gestando la reversión de la moral individualista: primero el pueblo, último yo. De eso resulta que el marxismo desprecia a los egoístas, a los cobardes, a los corruptos, a los que anhelan figurar. Y valora a los sinceros, a los leales, a los activos, a los abnegados, a los dispuestos siempre y por, sobre todo, a servir al pueblo.

 

Pero el Hombre Nuevo será fruto de la sociedad nueva, socialista. Y a ésta habrá que construirla con los hombres como son, sin idealizaciones, procurando sí, desde ahora, la permanente superación colectiva e individual, forjada mediante la búsqueda insaciable del conocimiento y la acción infatigable. La moral del marxismo, a diferencia de las de inspiración religiosa, no aspira a la dicha celestial, paradisíaca, ni colectiva ni menos individual. Aspira a que “la tierra sea el paraíso, patria de la humanidad” como expresa la letra de la Internacional.

 

(18) Lenin: “Tareas de las Juventudes Comunistas” (1920).

 

                       IV. El Materialismo Histórico

                       13. El materialismo histórico

 

 

Así como Feuerbach encuentra la clave de la explicación materialista de la naturaleza en la afirmación de que no es dios el que ha creado al hombre a su imagen, sino que es el hombre quien ha creado a su imagen a dios, Marx  encuentra la clave de la explicación materialista de la Historia:  “por primera vez se erigía la historia sobre su verdadera base; el hecho palpable, pero totalmente desapercibido hasta entonces, de que el hombre necesita en primer término comer, beber, tener un techo y vestirse, y por tanto, trabajar, antes de poder luchar por el mando, hacer política, religión, filosofía, etc.; este hecho palpable, pasaba a ocupar, por fin, el lugar histórico que por derecho le correspondía.” (19) Por consiguiente, todas sus restantes acciones son posteriores y dependen del modo por el cual los hombres se procuran los medios de subsistencia. Así la base material determina las ideas.

 

Valora Engels que Marx ha revolucionado la concepción de la historia pues se partía “de que las causas de todas las transformaciones históricas habían de buscarse en los cambios que se operan en las ideas de los hombres, y de qué de todos los cambios, los más importantes, los que regían toda la historia, eran los políticos. No se preguntaban de dónde les vienen a los hombres las ideas ni cuáles son las causas motrices de los cambios políticos […] Pues bien, Marx demostró que toda la historia de la humanidad, hasta hoy, es una historia de lucha de clases, que todas las luchas políticas, tan variadas y complejas, sólo giran en torno al Poder social y político de unas u otras clases sociales; por parte de las clases viejas, para conservar el Poder, y por parte de las nuevas, para conquistarlo. Ahora bien, ¿qué es lo que hace nacer y existir a estas clases? Las condiciones materiales, tangibles, en que la sociedad de una época dada produce y cambia lo necesario para su sustento.” (20)

 

Los conceptos básicos del materialismo histórico afirman que la estructura económica es principal para explicar los fenómenos históricos; las clases se basan en condiciones materiales de existencia; la historia de la humanidad (al menos, desde que se constituyen clases sociales) es la historia de la lucha de clases en torno del poder; y el trabajo social adquiere valor primordial.

 

La satisfacción de las necesidades para la supervivencia material predomina en los seres vivos, entre ellos, los humanos. Pero éstos no solo toman lo que les brinda la   naturaleza, sino que obtienen su supervivencia mediante una deliberada acción colectiva, el trabajo social, que crea un producto social.  La concepción materialista de la historia – aplicación del materialismo dialéctico a la historia y la sociedad- considera que la producción y el intercambio son la base de la sociedad, y que las clases sociales son la resultante de lo que se produce y de cómo se produce, así como del modo de intercambio. Explica que las relaciones entabladas por los hombres para procurarse los medios de subsistencia constituyen el `ser social’ y que éste determina la `conciencia social’. Por lo tanto, para comprender el cambio de las ideas, deben analizarse las causas materiales, debe pasarse de la conciencia social al ser social. “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia” (21). Es decir que la idea no es el elemento primario, sino consecuencia de las condiciones materiales. Con esta visión contrapuesta a la tradicional, el materialismo histórico se convierte en instrumento para la interpretación de las leyes del desarrollo social.

 

Las relaciones fundamentales del hombre son las de producción, porque luchando con la naturaleza por medio del trabajo engendra su vida social, pues crea instrumentos y organiza el trabajo mismo. Las relaciones del hombre con la naturaleza son las técnicas y las de los hombres entre sí, las sociales.   Marx estudia la sociedad en términos de relaciones, observa un mundo complicado en movimiento continuo. No busca un nexo causal entre fenómenos, sino la compleja interacción existente. Por ende, la suya es una concepción relacional de la realidad. El modo de producción, que abarca la interrelación entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, es el primer concepto a analizar.

 

(19) Federico Engels: “Discurso ante la tumba de Marx”

(20) Ibidem

(21) Marx: “Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política”

 

  1. El modo de producción

 

 

Se entiende por modo de producción la interrelación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción en el proceso productivo. Ambos aspectos forman un todo articulado e inseparable, referido estrictamente a la estructura económica de la sociedad. Vale precisar que entre los autores marxistas hay más de una interpretación acerca del concepto.

 

Las fuerzas productivas son los elementos necesarios para la producción. Algunos de éstos devienen de las condiciones naturales (agua, tierra, aire, clima, flora, fauna). Otros son medios o instrumentos de producción creados por los seres humanos para asegurar la continuidad de su existencia material: técnicas, utensilios, herramientas, máquinas-herramientas, máquinas, aparatos, obras. Ellos permiten el empleo adecuado de los agentes naturales (agua, viento, fuego), de los animales o de la fuerza de trabajo de los seres humanos. Por último, sólo una fuerza productiva, el trabajo del hombre (el `trabajo vivo’, sintetizador) tiene la cualidad de reunir a las restantes.  De conjunto, la cantidad y calidad de las fuerzas productivas en un momento histórico determinado, hacen la estructura económica.

 

Las relaciones sociales de producción determinan la apropiación del excedente, que en el capitalismo se da en forma de plusvalía y se consolidan en relaciones jurídicas de propiedad sobre los medios de producción o de cambio (comercios, bancos, etc.). Esas relaciones de producción engloban, por lo tanto, al sistema de propiedad, a las relaciones humanas en el trabajo y al sistema de distribución del excedente. Constituyen la base material de las clases, que están determinadas principalmente por la posición que ocupan frente a los medios de producción y de cambio.

 

El trabajo social crea el producto social que se divide en: a) un producto necesario, destinado a la subsistencia, a mantener y reproducir la fuerza y los instrumentos de trabajo, y b) un excedente, compuesto de los bienes no indispensables para esa manutención, de los que se apropia la capa o clase dominante. En el proceso histórico es dable señalar tres etapas. La primera: mientras el excedente de riqueza es insignificante todos trabajan para la subsistencia y se centraliza para su uso colectivo, no habiendo una nítida separación social. La segunda: cuando hay mayor excedente se lucha por su apropiación y se profundiza la división del trabajo, ya que una minoría se libera de la obligación de aplicarse a la producción y reproducción de la existencia material, cumpliendo la función directriz, de trabajo intelectual,  mientras la mayoría prosigue con el trabajo manual, menos calificado, dándose pasos hacia la constitución de las clases sociales y del Estado y  distribuyéndose la riqueza más desigualmente. La tercera: cuando el excedente abunda, hay bases materiales para la existencia de clases, y una minoría privilegiada se apropiará del excedente explotando la fuerza de trabajo de la mayoría.

 

La magnitud del producto y del excedente son consecuencias de la productividad social del trabajo. Tal productividad, como la esperanza de vida media, mide el progreso económico. El nivel de productividad, depende del desarrollo de las fuerzas productivas.

 

Marx caracteriza diversos modos de producción. El comunal (o comunista primitivo), el tributario (lo llama asiático debido al continente en que lo estudia) y el capitalista, son los de incuestionable extensión universal. También estudia, entre otros, el esclavista y el feudal.  Samir Amin (22) cuestiona el alcance universal de estos dos últimos: entiende que el modo de producción tributario es la forma universal de la sociedad precapitalista avanzada; el esclavista no se encuentra en varios pueblos que llegan a civilizaciones avanzadas (Egipto, China, etc.), mientras que el feudalismo europeo es un modo tributario periférico, primitivo e inacabado.

 

Además, Marx observa que existen períodos de transición entre los modos de producción que suelen ser más prolongados que las fases de apogeo, donde coexisten más de uno de ellos.

 

(22) Samir Amin: “El eurocentrismo, crítica de una ideología”

 

 

  1. Los diversos modos de producción

 

 

 

La consideración de los diversos modos de producción exige un prólogo ineludible. En la Unión Soviética –entre 1929 y 1931-se desconoce la noción de Marx de `modo de producción asiático’, (23) y las sociedades correspondientes a ese modo serán clasificadas como `esclavistas’ o `feudales’.  Desde entonces la interpretación estalinista considera ineludibles en el desarrollo histórico a cinco estadios: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo.  Esa visión despoja al materialismo histórico de su carácter científico, anula la investigación, para convertirlo en una filosofía de la historia, `ordenando’ el curso de su devenir, `encajando’ los hechos en un esquema predeterminado. Hoy es preciso rescatar del marxismo su carácter científico, lo que Lenin llama su esencia, “el análisis concreto de la situación concreta” (24) para caracterizar en cada momento y lugar, el modo de producción correspondiente.

 

En la prehistoria la alimentación en base a frutos y pequeños animales, antecede a la caza mayor. Pero recién cuando la humanidad cultiva y domestica animales, es decir produce, se constituye un modo de producción. Con la Revolución Neolítica los hombres se convierten de parásitos de la naturaleza en socios de ella. La agricultura incrementa y asegura la producción de alimentos y permite aumentar la población. Hay elementos para suponer que las mujeres se ocupan de la agricultura, de lo que deriva su rol relevante, imperando el matriarcado. Los hombres, que anteriormente se dedican a la caza, después lo harán en la domesticación y pastoreo de animales, por lo que entre los pueblos pastores tienen el papel relevante y domina el patriarcado. En las comunidades hay igualdad social, un comunismo de la pobreza y de la subsistencia (modo de producción comunista primitivo o comunitario, el primero universalmente aceptado). Pero ya nace el concepto de propiedad. Mientras que en las comunidades cazadoras el consumo era inmediato y los útiles de uso común, ahora con el excedente se desarrolla el trueque, y se pasará paulatinamente a la propiedad privada y con ella, al surgimiento de las clases sociales. El comunismo primitivo se debilita, pues si bien la tierra y los rebaños son propiedad comunal, la mayor habilidad o suerte hace que el progreso sea desigual entre sus integrantes. Esas comunidades más prósperas aumentan la población, lo que las obliga a ocupar nuevas tierras y a guerras contra los cazadores, además que el autoabastecimiento puede frustrarse por fenómenos naturales. Se sale del atolladero con la Revolución Urbana.

 

Con ella (hace 5000 años en los valles del Nilo, Tigris-Éufrates e Indo) surge la civilización: herramientas y armas de cobre y bronce, escritura, ciudades. Es el fruto de la mayor revolución en las fuerzas productivas previa al capitalismo, el riego, con lo que crece significativamente la producción y el excedente.  Para referirse a esas civilizaciones Marx describe el `modo de producción asiático’, más correctamente denominado hoy tributario, aludiendo a su esencia y no al continente donde aquél lo estudia (el segundo modo aceptado universalmente). Es un despotismo económico surgido en pueblos que para enfrentar a la naturaleza- por ejemplo, inundaciones, – están forzados a una gran cooperación y disciplina regidas por el Estado. Surge una proto-clase dominante (controla el Estado pero no posee la propiedad privada de los medios de producción y de cambio) que por un lado, explota el trabajo de las `comunidades aldeanas’ , en el seno de las cuales no hay mayores desigualdades porque la propiedad privada apenas existe; y por otro lado,  asegura la coordinación y dirección de los trabajos públicos (como las obras de riego) y otros aspectos necesarios al funcionamiento de la economía agrícola (el estudio de las estaciones y la astronomía). Con la separación del trabajo físico o manual y el intelectual, se origina una casta sacerdotal y/o militar que actúa como explotadora. El producto excedente queda en manos del Faraón o del Inca y del templo del dios, vale decir, de los sacerdotes y altos funcionarios. Se trata de una formación de tránsito a la sociedad de clases, observable en Egipto, Mesopotamia, India, China o Perú. Es el eslabón de unión entre la fase patriarcal dominante hacia finales del neolítico y las sociedades de clases posteriores.

 

El modo de producción capitalista será dominante a fines del siglo XVIII. Este modo se asienta en dos puntales: capital y abundancia de mano de obra y es el tercero universalmente indiscutido.

 

(23) Marx: “Manuscritos económicos y filosóficos” o “Grundisse” (1844), recién publicados en Moscú entre 1939 y 1941 y desconocidos hasta entonces.

(24) Lenin lo expone con leves variantes en “El desarrollo del capitalismo en Rusia” (1899), en “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática” (1905), etc.

 

  1. Las estructuras

 

 

Si bien es cierto que las relaciones de producción corresponden al desarrollo de las fuerzas productivas dicha correspondencia no es ni estricta ni permanente. Puede producirse una doble desarticulación. La primera y más frecuente surge cuando las relaciones de producción se convierten en frenos para la expansión de las fuerzas productivas, señal de que esa forma social desaparecerá. Por ejemplo, en el capitalismo las trasnacionales acaparan las patentes -aunque no siempre las utilizan – con el propósito de resguardarse de eventuales competidores. La segunda y menos frecuente, surge cuando nuevas relaciones de producción emanadas de una revolución social, se adelantan al grado de desarrollo de las fuerzas productivas; tales los casos de la revolución burguesa de los Países Bajos del siglo XVI o de la Revolución Rusa de 1917. Las desarticulaciones conducen a nuevas articulaciones. Por lo que no hay una correspondencia mecánica, sino una mutua relación variable entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producción. La lucha de clases, implícita en las relaciones sociales, al alcanzar un elevado nivel de desarrollo, influye más que la expansión de las fuerzas productivas; una buena comprobación es que el proceso de construcción socialista avanzó y se mantiene en algunos países que no fueron los centrales.

 

Marx enseña el carácter abstracto del concepto de modo de producción: el modo capitalista tiene valor teórico (reducción a burguesía y proletariado como polos de la contradicción, ausencia de propiedad no capitalista, etc.). No obstante, no deja de ser un modelo teórico, es decir, un conjunto vinculado de hipótesis en las cuales se han tomado los elementos comunes de sociedades que se consideran similares. Pero ninguna realidad capitalista concreta es pura, ni idéntica a otra.

 

Por el contrario, el concepto de formación económico-social se refiere a la realidad concreta con ubicación histórico-temporal (distingue dentro de un modo de producción realidades diferentes, como la de Haití y Estados Unidos). Se caracteriza por estructuras que se explican por la convivencia de un modo de producción dominante y otros dominados. De modo diferente Luis Vitale (25) separa la formación económica y la formación social. La primera indica la estructura y la combinación de los diversos modos de producción. La segunda es una categoría que sirve para describir la sociedad global, incluida la formación económica, para analizar la totalidad y la unidad contradictoria de la sociedad, cuyo basamento es el modo de producción preponderante y la formación económica. Esta categoría de formación social explica la interrelación entre infraestructura y superestructura y devela la interpenetración de la económico, social, político y cultural.

 

He escrito varias veces la palabra `estructura’ ¿Pues bien, que es una estructura? Es una totalidad en la que los elementos no se amontonan, sino que se distribuyen según una organización del conjunto. Y esa organización representa la función que desempeña cada elemento dentro de la totalidad. Dibuje dos segmentos horizontales distanciados, uno vertical en el medio y más abajo otro horizontal y rodéelos de una circunferencia, para que un niño comprenda que es una cara. El valor del segmento `ojo’, `nariz’ o `boca’ lo otorga la relación con los otros segmentos y la circunferencia. Un idioma, un modo de producción, una formación económica son estructuras.

 

El marxismo expone que hay una infraestructura y una superestructura. Imaginemos un edificio con los cimientos y las plantas superiores. Los primeros serían la infraestructura y los otros la superestructura. Empero algunos optan por llamar infraestructura tan sólo a las fuerzas productivas y estructura a las relaciones sociales de producción. La superestructura se compone del nivel jurídico-político (con su prolongación militar) y el ideológico.  Pero además el edificio posee buenas escaleras y ascensor, por los cuales se desplazan las influencias de unos niveles a otros. Porque todas las estructuras influyen en las otras enfatiza Engels al final de su vida, combatiendo la insensatez de atribuir a la económica la condición de ser la única influyente:”… si bien las condiciones materiales de vida son el primum  agens (la causa primera) eso no impide que la esfera ideológica reaccione a su vez sobre ellas…” (26)

 

(25) Luis Vitale: “Introducción a una teoría de la historia para América Latina”

(26) Federico Engels: “Carta a Konrad Schmidt” (1890)

 

  1. Las clases sociales

 

 

La división de la sociedad en clases aparece después de millones de años de desarrollo de la humanidad. Es el resultado de la descomposición del colectivismo primitivo y del surgimiento de la propiedad privada. Cuando la división del trabajo permite una producción regular de riquezas que sobrepasa las necesidades mínimas de la sociedad, entonces, hay individuos que se apropian, total o parcialmente, de la sobreproducción de otros, por lo que la explotación económica es la base de la formación de clases. Por consiguiente, es equivocado suponer que se constituyen las clases y después entran en conflicto.  Los sociólogos que estudian en abstracto la estructura social, olvidan que las clases se expresan en la lucha de clases, y que ésta es la síntesis de las contradicciones de una sociedad, el motor de las transformaciones históricas.  De modo pues que las clases no existen con independencia de la lucha de clases. Clase, conciencia de clase y lucha de clases forman un todo único e indivisible.

 

Los individuos entran en determinadas relaciones sociales a participar del proceso productivo. Y son estas relaciones la base de la existencia de las clases. La pertenencia a una clase se determina por su relación con los medios de producción y de cambio, por la posesión o no de propiedad privada en dichos medios, por la forma de apropiación del excedente del producto social, las riquezas e ingresos, por la función social desempeñada. Pero para la definición debe considerarse otro factor: la conciencia de clase, que en sentido estricto es la comprensión de los intereses y de la situación. Una clase no debe definirse solamente por su estructura o por su condición de ser   `clase en sí’. Es necesario analizar sus estadios de desarrollo, el aspecto dinámico de su funcionamiento, su comprensión de la realidad global y su proyecto histórico, es decir, su `conciencia para sí’.

 

Pese a los profundos análisis ni Marx ni Engels definen el concepto de clase social, aunque plantean criterios básicos a tal fin. Lenin si define de este modo: “son grandes grupos humanos que se distinguen por su posición dentro de un sistema histórico determinado de producción social, por sus relaciones con los medios de producción, por su papel en la organización social del trabajo, y consiguientemente, por su capacidad de recibir una parte de la riqueza, así como por la magnitud de la misma.” (27) 

 

De esta definición se extraen tres caracteres distintivos: 1) La condición de propietario o no de los medios de producción y de cambio, que es el principal; 2) la participación en la organización del trabajo; 3) la parte recibida de la riqueza generada.

 

El elemento ideológico –ausente en esa definición- lo formula Marx:

“En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen de otras clases por su modo de vivir, sus intereses y su cultura y las oponen a éstas de un modo hostil, aquellas forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local, y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase. Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre.” (28)

 

Así, la asunción de un papel independiente, la posesión de una perspectiva propia, de un programa de lucha (real o utópico), definen el carácter de la clase.

 

Todavía existe otro carácter secundario, pero que facilita la comprensión de su perspectiva histórica: el origen de la clase. Este carácter interesa especialmente en las clases típicamente de transición –como la pequeña burguesía- resultantes de la desintegración de antiguas relaciones de producción y que tienden a descomponerse y a desaparecer.

 

En síntesis, jamás debe dejarse de lado el análisis dialéctico de las clases que -como todo ser social o natural-  nacen, crecen, se desarrollan y mueren.

 

(27) Lenin: “Una gran iniciativa”

(28) Carlos Marx: “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”

 

 

  1. Tres grandes clases

 

 

La historia de la humanidad civilizada, la `escrita’, ha sido la de la lucha de clases: “Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, nobles y siervos, maestros artesanos y compañeros, en una palabra, opresores y oprimidos, en lucha constante, mantuvieron una guerra ininterrumpida, ya abierta, ya disimulada; una guerra que terminó siempre, bien por una transformación revolucionaria de la sociedad, bien por la destrucción de las dos clases antagónicas.” (29) La sociedad burguesa no ha abolido los antagonismos de clase, pero ha sustituido con nuevas clases a las antiguas, con diferentes condiciones de opresión y formas de lucha. “Sin embargo, el carácter distintivo de nuestra época, de la época de la burguesía, es haber simplificado los antagonismos de clases. La sociedad se divide cada vez más en dos grandes campos opuestos, en dos clases directamente enemigas: la burguesía y el proletariado.”  (30)

 

En el modo de producción capitalista existen sólo dos clases fundamentales, que son antagónicas, enemigas: la burguesía y el proletariado. No obstante, son necesarias precisiones.

 

Marx escribe: “Los propietarios de nada más que fuerza de trabajo, los propietarios de capital y los propietarios de tierras, cuyas respectivas fuentes de ingresos son el salario, la ganancia y la renta del suelo, es decir, los obreros asalariados, los capitalistas y los terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna, basada en el modo capitalista de producción.” (31) En este caso, más que un análisis abstracto del modo de producción, Marx se refiere a la formación social concreta de Inglaterra y de otros países. Por otra parte, la tendencia general del capitalismo es hacia la integración de burgueses y terratenientes, tendencia que no implica desconocer el análisis concreto de cada situación.

 

En las sociedades capitalistas subsiste, con desigual grado de desarrollo, una clase típicamente de transición, la de poseedores de los medios de producción y de cambio de escaso poderío, sobre los cuales trabajan ellos mismos (pequeños industriales, comerciantes, artesanos, campesinos). Es la pequeña burguesía. Debido a `las leyes del mercado’ esta clase tiende a perecer frente a la competencia de la burguesía, a diferencia del proletariado, producto característico de la gran industria. En términos políticos, es oscilante, pues procura volver a un mejor pasado -siendo reaccionaria- pero empujada a la pérdida de su propiedad, se radicaliza y se vuelve revolucionaria.

 

El lumpen-proletariado, `la canalla’ de las grandes ciudades, o trayendo al Uruguay actual quizás `los planchas’, puede verse arrastrado por el proletariado, aunque por su miseria material y cultural, tiende a servir políticamente a la reacción.

 

En síntesis, el proletariado es la única clase que reúne las condiciones de carecer de propiedad privada sobre los medios de producción y de cambio, de ser explotado, de estar unificado y concentrado por las relaciones de producción, de ser productivo, pobre y políticamente oprimido, lo que lo convierte en la clase revolucionaria más decidida. En cambio, la pequeña burguesía si bien comparte algunas condiciones con el proletariado, posee propiedad privada y no está unificada por las relaciones de producción, lo que la hace conservadora e individualista. El lumpen -oprimido, pobre y carente de propiedad privada- generalmente no es explotado –aunque tiene una variada gama de capas y situaciones distintas-  ni está unificado por las relaciones de producción.

 

Las capas medias asalariadas (funcionarios, empleados), pertenecen a la clase trabajadora porque al igual que otros explotados, venden su fuerza de trabajo. No pertenecen a la pequeña burguesía, a pesar de que comúnmente se les introduce en ella, atendiendo más a su ideología que les domina, trasmitida por la burguesía, imbuida de la `superioridad’ del trabajo intelectual, aunque éste sea de escasa significación.

 

(29) Marx y Engels: “El Manifiesto Comunista”

(30) Ibidem

(31) Marx: “El Capital”

 

 

 

                        19. Proletarios y trabajadores

 

 

Burgueses, pequeño-burgueses y proletarios son las tres grandes clases de la sociedad capitalista. Pero si los proletarios son trabajadores no siempre los trabajadores son proletarios. No obstante, la línea divisoria es de complejo trazado. El proletariado está constituido por los que sólo poseen su fuerza de trabajo, radicando su fuente de ingreso en el salario. Marx y Engels lo identifican por su elevada concentración, resultante de la gran industria, y lo destacan de los otros obreros, menos concentrados. Sin embargo, “dentro del capitalismo, sólo es productivo el obrero que produce plusvalía para el capitalismo o que trabaja para hacer rentable el capital.” (32) Marx diferencia, pues, trabajo productivo e improductivo: “Todos los trabajadores productivos son trabajadores asalariados, mientras que todos los trabajadores asalariados no son productivos.” (33)

 

Para Marx el trabajo productivo es el creador de los recursos que mantienen y reproducen la fuerza de trabajo y los medios de producción; el improductivo se realiza en actividades o en bienes consumidos de forma suntuaria: un chofer particular, una cocinera, un profesor de música. Sin embargo, “si un país produce material bélico o drogas, y los vende en el mercado mundial, dicho trabajo es improductivo desde el punto de vista del sistema capitalista en su conjunto; pero para el país productor al recibir divisas por la venta, que puede destinar a la acumulación […] `aparece’ como trabajo productivo.” (34)

 

Tras la revolución científico-técnica en la industria contemporánea, resulta muy complejo diferenciar trabajo productivo e improductivo, debido a que la mayor parte del producto y el motor del desarrollo económico se ha desplazado de la industria a los servicios. “El peso que en las sociedades contemporáneas tienen el transporte de bienes y personas, las comunicaciones en general, el comercio, los servicios financieros (bancarios y de seguros), los administrativos, los de enseñanza y de salud, los servicios personales (hotelería, alimentación, turismo, etc.) es realmente enorme”. (35).  Dean opina: “De ahí que la falta de un criterio nítido de clasificación en la concepción marxista sobre trabajo productivo e improductivo, en la actualidad, introduzca una fuerte limitante al conjunto de la teorización.”  (36)

 

En otro plano, el marxismo valora que en el desarrollo de la conciencia política es el proletariado productivo, industrial, por su situación en la organización del trabajo colectivo, nivel de educación, concentración, etc., el mejor preparado para oficiar de vanguardia.

 

De todos modos, lo evidente es que las modificaciones estructurales del capitalismo actual fragmentan al proletariado y afectan a la totalidad de la masa trabajadora, a saber:

 

  1. a) nace un nuevo proletariado en los centros industriales bajo el modelo ohnista, japonés (de la Toyota) o `a tiempo’ (just-in-time), y en los productores de `bienes inmateriales’ (salud, educación, turismo, seguridad, etc.), los `servicios’. Lo segundos suelen producir conocimientos (en aulas, laboratorios, etc.), usan túnicas en vez de mamelucos, tienden a unir el trabajo intelectual y manual y gozan de mejores salarios y condiciones de vida.

 

  1. b) declina la industria bajo el modelo norteamericano fordista o `por si acaso’ (just-in case), se traslada a regiones de menores costos, se incorpora masivamente mano de obra infantil, femenina e inmigrante, aumenta la cantidad de antiguos proletarios expulsados del trabajo.

 

  1. c) entre ambas condiciones, hay una masa flotante de trabajadores de empresas subcontratadas, a domicilio, de tiempo parcial o zafrales.

 

Lo contradictorio es que mientras las condiciones de trabajo y de salario empeoran en el mundo -pérdida de derechos sociales, desregulación laboral, desprotección, trabajo `en negro’, crecimiento de la economía informal-, el proletariado aumenta en cantidad y se eleva en calidad por su nivel de instrucción, capacitación técnica, teórica y cultural. “El proletario medio del siglo XXI no es un peón textil o metalúrgico, sino un técnico altamente calificado o profesional con título universitario.” (37)

 

Unir a este mosaico de capas del proletariado es la tarea del necesario “otro marxismo para otro mundo” según el sugestivo título de un artículo de Bidet y Dumenil. (38)

 

(32) Marx: “El Capital”   

(33) Ibidem

(34) Foladori, Melazzi: “Economía de la sociedad capitalista”’ 

(35) Juan Carlos Dean: “Ensayos sobre economía teórica” 

(36) Ibidem

(37) Luis Bilbao: “¿Qué viene después del neoliberalismo?”

(38) Bidet y Dumenil: “Otro marxismo para otro mundo”

 

  1. Otras categorías sociales

 

 

La consideración de las clases sociales exige relacionarlas con otras categorías.

 

 

Las clases sociales –antes del inapreciable avance de la burguesía, consistente en establecer la igualdad ante la ley- eran clases-estamentos. Los estamentos figuran en el Código de Hammurabí (siglos XXII-XXI A. C.) que diferencia a nobles, libres y esclavos. Se llaman órdenes en la Europa medieval (clero, nobleza y tercer estado), y en todos los casos, son la cristalización jurídica, de raíz consuetudinaria o religiosa, de las relaciones entre roles sociales diferentes. Legalizan privilegios, penas diferentes según quienes sean los victimarios y las víctimas, dificultan el pasaje de un rol a otro.

 

En ciertas condiciones una clase puede transformarse en casta. Ésta se trata de un grupo social cerrado, sin movilidad ascendente o descendente, prácticamente impenetrable, en que se expresa la desigualdad social con atributos hereditarios, caso de la India antigua. En rigor, no dejan de ser sociedades de clases. En América colonial -según Sergio Bagú (39)- la sociedad se piensa en términos de castas, pero se vive en una estructura de clases.

 

Dentro de una clase existen capas, fracciones o estratos sociales cuyos miembros tienen afinidad de intereses, de ocupación, o semejanza en su función económica, social o política. Así, en la clase dominante colonial hay mineros, ganaderos, comerciantes monopolistas, negreros, etc. De igual forma, la burguesía se divide en las capas industrial, comercial y financiera, ligadas respectivamente a la producción de plusvalía, al beneficio comercial o al interés financiero.

 

El concepto de etnia- asimilado peyorativamente al de `raza’ – se refiere más que a rasgos físicos, a comunidades solidarias que comparten costumbres, religión, lengua, conocimientos, tradiciones, arte y cultura.

 

Para comprender cabalmente la lucha de clases en América Latina es esencial comprender la relación entre las etnias y las clases. Especialmente, entre los aborígenes, las relaciones étnicas juegan un rol muy destacado, siendo su lucha principal la defensa de la tierra. Empero progresivamente las relaciones de clase han ido predominando sobre las étnicas. Sin embargo, para la ideología clasista dominante, la condición de `negro`, `pardo’, `indio’ o ‘cholo’ son estigmas emparentados con el origen étnico.  Por otra parte, las aberraciones de los conquistadores y colonizadores, convertidos en clases dominantes, despiertan un contra-desprecio, que aún hoy amenaza a los movimientos de liberación con empantanarse en tesituras indigenistas, convertidas objetivamente en factores de ruptura de complejas alianzas, expresivas de las relaciones entre clases y etnias oprimidas. Vale saber que en América Latina y el Caribe hay 35 Estados Nacionales y 485 grupos étnicos y en el mundo no hay 200 Estados Nacionales, pero hay, por lo menos, 3000 etnias.

 

Por último, se multiplican otras luchas de diversos sectores explotados y oprimidos. De ello resulta el fortalecimiento de movimientos por la defensa de los derechos humanos, del ambiente, de la mujer, de diversas minorías marginadas –jubilados, homosexuales, iglesias- con inalienables derechos a expresarse y a ser respetados. Muchos atacan los pilares ideológicos, políticos o económicos del capitalismo. En la medida que el sistema apuesta a la fragmentación de las luchas de los explotados y oprimidos, la clase trabajadora consciente, con sentido unificador, le debe prestar decidido apoyo a esas luchas, combatiendo la unilateralidad e incorrecciones de interpretaciones simplistas.

 

(39) Sergio Bagú. “Estructura social de la colonia. Ensayo de historia comparada de América”.

 

 

  1. El papel del individuo

 

 

En términos sociológicos sólo existen los individuos y sus relaciones sociales. La sociedad no posee existencia aparte de los individuos que la componen. No hay una entidad metafísica de vida propia, sea un ser colectivo o un alma de los pueblos.

 

Ahora bien, ¿cómo se compatibiliza la lucha de clases y la acción de los individuos? El marxismo afirma que la lucha de clases y no la acción de los individuos aislados, determina la marcha de la historia, que son las masas, es decir, las fuerzas sociales activas, el motor de la historia. No obstante, las masas se integran por seres humanos, que actúan con acciones espontáneas o con acciones premeditadas y planificadas. Es cierto que esas acciones están condicionadas por las luchas sociales y, en última instancia, por el desarrollo del modo de producción. Pero sin la acción consciente de los hombres concretos (relevantes o insignificantes) no habría devenir histórico. En efecto, si vale sostener que los acontecimientos históricos trascendentes se han elaborado lentamente en el transcurso del tiempo merced a pequeños esfuerzos desconocidos, también vale afirmar que las tendencias y anhelos, se condensan y revelan en momentos dados por el pensamiento y la acción de algunos de los hombres más talentosos o influyentes. Se trata, una vez más, de relacionar el papel del individuo con el de la colectividad. “La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y por tanto hombres modificados, producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado.”  (40)  Con frecuencia una batalla, un hecho político o un descubrimiento científico, son decididos por la acción de un individuo, que en tanto expresa necesidades sociales o culminación de procesos de estudio, influye en otros individuos.

 

Los individuos hacen su propia historia, pero no eligen las condiciones, ni son libres de presiones materiales, ni disponen de un conjunto ilimitado de posibilidades. Su conducta está determinada por el orden social en que viven, el cual ha modelado sus físicos, sus psiquis, sus categorías de pensamiento, sus esperanzas y sus temores. A su vez, mediante su acción, pueden modificar la naturaleza o la sociedad. De hecho, el individuo cambia con la sociedad de la cual forma parte.

 

La acción humana puede ser activa o pasiva. El hombre es un ser activo, pero no siempre su actividad es libre y consciente. Esa actividad se acompaña de una parte de pasividad, que disminuye con el desarrollo de su conciencia, pero que jamás desaparecerá completamente. Actividad y pasividad se acompañan como polos de la contradicción.

 

“Así pues, vemos que, gracias a las peculiaridades singulares de su carácter, los individuos pueden influir en los destinos de la sociedad. A veces, su influencia llega a ser muy considerable, pero tanto la posibilidad misma de esta influencia como sus proporciones son determinadas por la organización de la sociedad, por la correlación de las fuerzas que en ella actúan. El carácter del individuo constituye un `factor’ del desarrollo social sólo allí, sólo entonces y sólo en el grado en que lo permiten las relaciones. Se nos puede objetar que el grado de la influencia personal depende asimismo del talento del individuo. Estamos de acuerdo. Pero el individuo no puede poner de manifiesto su talento sino cuando ocupa en la sociedad la situación necesaria para poderlo hacer.” (41)

 

La acción de las masas constituye el factor subjetivo de la historia. Pero siempre están presentes los factores objetivos: correlación de clases, pobreza, cultura, estructura del poder, etc.; unos y otros interactúan. Se desprende de ello que no hay que esperar la maduración de las condiciones objetivas, sino obrar sobre ellas. Tampoco hay que pensar que la voluntad mesiánica de pocos modifique el conjunto de factores subjetivos y objetivos. Por no comprender la teoría marxista devienen frecuentemente dos errores trágicos: el economismo, que predica la sumisión a las leyes del desarrollo económico, y el voluntarismo, que desconoce las condiciones objetivas mínimas necesarias para emprender una acción revolucionaria victoriosa.

 

(40) Marx: “Tesis sobre Feuerbach.”

(41) Jorge Plejanov: “El papel del individuo en la historia.”

 

  1. La Teoría Económica             

 

 

  1. La teoría del valor               

 

 

La tercera de las partes constitutivas del marxismo es la teoría económica. Sus dos aportes básicos son la teoría del valor y la de las crisis capitalistas.  Sostiene que el sistema capitalista se basa en la explotación del trabajador. Pero si es sencillo explicar que esclavos o siervos son explotados, pues, por ejemplo, trabajan la tierra para su mantenimiento y además para sus amos o señores, no lo es explicar que el obrero -que elige patrón y recibe un pago por su labor- lo sea. Pero Marx prueba que es tan explotado como aquellos, aunque su explotación esté encubierta. Y la desenmascara desarrollando la teoría del valor, y el concepto de plusvalía o de valor excedente.

 

En las sociedades precapitalistas los hombres producen valores para su uso. Cuando le sobran algunos y necesitan otros que no poseen, los truecan. Pero en la sociedad capitalista reina la producción de mercancías, las que son diferentes a los artículos. El abrigo que un hombre hace para su uso es un artículo. Otro abrigo hecho para la venta, es una mercancía. Para producir mercancías no basta con que tengan `valor de uso’, que satisfaga una necesidad, sino que es menester producir valores de uso social, para otros, `valor de cambio’, que es la relación según la cual se cambian valores de uso de una especie contra valores de uso de otra, los cuales son productos del trabajo humano en general o abstracto (el  concreto es el de una rama determinada de producción).

 

Al producirse mercancías es necesario el dinero, intermediario para comparar valores. El dinero puede ser un billete, una moneda, cueros, cocos, etc. Así con una mercancía (M) se obtiene dinero (D) y con él se compra otra mercancía (M) de valor semejante. La secuencia es M-D-M.

 

Después, con el comerciante la relación cambia, pues éste parte de la posesión de dinero (D), con el que compra una mercancía (M) para revenderla y obtener más dinero (D’). (D-M-D’). Ese dinero se convierte en capital, pues se destina a una transacción que rinde o promete rendir una ganancia (no todo dinero es capital; no lo es el que compra un bien o servicio para consumo). Marx califica de plusvalía a ese incremento del valor primitivo del dinero puesto en circulación. Y Mandel precisa que en la Antigüedad y en la Edad Media “la plusvalía de los comerciantes procede, pues, del hecho de comprar las mercancías a menor precio de su valor real y venderlas después en más de este valor”. [Y agrega que] “en el origen de la plusvalía encontramos la simple rapiña o la piratería” […] la primera etapa del comercio.” (42)

 

El capital existe desde milenios; el modo de producción capitalista desde poco más de doscientos años, en el cual el capital penetra en la esfera de la producción, y ya no es un simple intermediario. El burgués parte del dinero (D), compra una mercancía (M) -una tela por ejemplo-, contrata por un salario fuerza de trabajo (P) que se aplica a la tela y produce otra mercancía (M’) -un vestido-, que se vende para obtener más dinero (D’). La secuencia es D-M-P-M’-D’. En lo que produce el obrero con su fuerza de trabajo, por encima de lo que se le paga con el salario, está el incremento de capital o plusvalía.

 

La sociedad capitalista es la primera en la que la mayor parte de la producción se compone de mercancías, aparece como “un inmenso arsenal de mercancías”. (43Ahora bien, el valor de una mercancía lo determina la cantidad de trabajo destinada a su elaboración desde su origen. Pero esa cantidad de trabajo no significa el tiempo que le lleva a cada obrero, pues si así fuera, el trabajo del torpe y lento valdría más que el del rápido y eficiente. En realidad, es eltiempo de trabajo socialmente necesario” (44) el requerido para producir un valor de uso determinado, en condiciones normales y con el grado medio de desarrollo tecnológico de la sociedad de una época y un lugar dados. Por otra parte, el tiempo y calificación insumidos en una tarea también se valora y remunera a través de compensaciones, pues en general el trabajador mientras se prepara no recibe salario.

 

Vale aclarar que valor y precio son conceptos distintos. El precio es la expresión monetaria del valor. Dos barriles de petróleo pueden tener igual valor, pero diferente precio, según haya más o menos oferentes y demandantes. A la larga, en tanto los precios oscilan por encima o debajo del valor, la suma de los valores de todas las mercancías coincide con la suma de los precios.

 

 

(42) Ernest Mandel: “Tratado de Economía”.

(43) Marx: “El Capital”.

(44) Ibidem.

 

  1. La plusvalía

 

 

Si el valor de una mercancía es determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, ¿qué relación guarda con la afirmación que en la sociedad capitalista el trabajador es explotado y que la clase propietaria vive del trabajo de la desposeída? ¿Qué tiene que ver con que el obrero trabaja sólo parte del tiempo para sí y parte para el patrón? Pues todo.

 

Cuando la productividad permite un excedente de riqueza se lucha por su posesión y sobreviene la división en clases sociales antagónicas. Desde entonces los trabajadores proveen a su propia subsistencia (trabajo necesario, para ellos) y proveen al mantenimiento de la clase dominante (trabajo excedente). Lo que genera el trabajador para su subsistencia se denomina producto necesario y lo que genera, pero se lo apropia la clase dominante, producto excedente. Esa apropiación -según sea el modo de producción- puede ser con productos naturales, mercancías para la venta, o dinero. La plusvalía es el producto social excedente bajo la forma monetaria.

 

En el modo capitalista de producción el obrero no posee medios de producción y, por ende, para vivir está obligado a vender su fuerza de trabajo (si se vendiera él se convertiría en esclavo); y los medios de producción son propiedad de los capitalistas que los explotan para obtener ganancia.

 

Pero esa fuerza de trabajo es también una mercancía, pues tiene un doble valor: de uso (le sirve para satisfacer las necesidades propias y familiares) y de cambio (le sirve para venderla en el mercado). Pero el valor de esta mercancía, como la de todas, lo determina la cantidad de trabajo necesario para producirla. Y para tener fuerza de trabajo el obrero debe vivir y perpetuarse con su prole: alimento, vivienda, atención de la salud, esparcimiento, etc., necesidades que varían de acuerdo a las condiciones naturales y a la cultura, los hábitos y las costumbres.

 

Sin embargo, la fuerza de trabajo es una mercancía muy especial, porque puede crear más valor que lo que vale ella misma. Cuando el obrero vende su fuerza de trabajo por una jornada de 10 horas, y produce lo necesario para su manutención y la de su familia en 6 horas, las 4 horas restantes las trabaja en provecho de su patrón. A las 6 horas Marx las llama `tiempo necesario’ de trabajo y a las 4 horas, `tiempo excedente’ en que se genera plusvalía. Si el obrero recibe un salario de 100, pero produce por valor de 400, la diferencia de 300 (400 menos 100) es la plusvalía.

 

Un “Documento del PIT-CNT” (Plenario Intersindical de Trabajadores- Convención Nacional de Trabajadores) de Uruguay de 1985, establece por ramas industriales el tiempo en que un obrero gana su salario: varía entre el máximo de 6 horas y 24 minutos en la producción de maquinaria agrícola y el mínimo de 23 minutos en la industria del tabaco.

 

Si el motor del capitalismo es lograr ganancias, es lógico que el sistema perfeccione las formas de aumentarlas. Aumenta la plusvalía por la prolongación de la jornada, la mayor intensidad del trabajo o la mayor productividad. Es decir que el aumento de la ganancia se relaciona al aumento de la plusvalía.

 

La prolongación de la jornada de trabajo tiene sentido siempre y cuando el valor de la fuerza de trabajo (trabajo necesario) se mantenga estable. Se la llama plusvalía absoluta, y fue la forma más frecuente en los tiempos iniciales de acumulación capitalista, duramente resistida por los trabajadores, que en general pudieron limitar la jornada a 8 horas. Pero también puede prolongarse disminuyendo el tiempo del trabajador para alimentarse, ir al baño, etc. o aumentando el ritmo del trabajo –o sea, mayor intensidad-, lo que se suele acompañarse de más accidentes laborales. La tercera forma es reducir el tiempo de trabajo necesario y aumentar el trabajo excedente, incrementando la productividad del trabajo (plusvalía relativa). Se producen más mercancías en el mismo tiempo de trabajo, creando más valor, pero al subir la cantidad de productos disminuye su valor unitario, de modo que se abaratan las mercancías.  Así el obrero cubre sus necesidades en menor tiempo -trabajo necesario- y aumenta el trabajo excedente. Otro mecanismo del sistema es pagar la fuerza de trabajo por debajo de su valor. Como los obreros no pueden dejar de trabajar, desciende su nivel de vida y crece la plusvalía.

 

 

 

  1. El capital y la ganancia

 

 

El capital es el valor que se aumenta con la plusvalía. Desde el punto de vista del proceso de producción, la composición del capital tiene dos partes: el `constante’ es el transformado en máquinas, edificios, materias primas, etc., que en la producción de mercancías mantiene su valor. Y el `variable’, es el empleado por el capitalista para adquirir la fuerza de trabajo, equivalente de los salarios que adelanta antes de vender y obtener el valor de las mercancías producidas por los obreros.

 

En efecto, el obrero agrega un valor nuevo al objeto del trabajo por la adición de nuevas dosis de trabajo (caso del hilandero que transforma el algodón). Pero, además, en el producto se halla el valor de los medios de producción consumidos: el del algodón (valor creado por el plantador) transformado en hilo, y el de las máquinas, herramientas, edificios, etc., valores creados por sus constructores; si una máquina se inutiliza al crear un millón de mercancías, su valor ingresa en cada una de las mercancías en una millonésima parte. De modo que el hilandero transfiere el valor de los medios de producción al producto, al tiempo que produciendo el hilado crea un nuevo valor.

 

A la relación entre el capital constante y el variable se la llama `composición orgánica del capital’. (45) A medida que aumenta la cantidad de máquinas empleadas y de materias primas transformadas por el obrero, el capitalista invierte relativamente más en capital constante y menos en el variable; y con la elevación de la composición orgánica del capital, más rápido crece la productividad del trabajo, y al mismo tiempo, la tasa de plusvalía y la tasa de la ganancia. La tasa de plusvalía es la relación entre la plusvalía y el capital variable; revela el grado de explotación, pues el capitalista procura extraer la mayor plusvalía de su inversión en el pago de salarios. La tasa de ganancia es la relación entre la plusvalía y el conjunto del capital invertido (el constante más el variable). Por ejemplo, si el constante equivale a 70, el variable a 30 y la plusvalía a 5, la tasa de plusvalía es 5/30 y la tasa de ganancia es 5/70+30.

 

Ese desarrollo de la composición orgánica del capital acelera la acumulación de capital. Pero el virus causante de la enfermedad del sistema es que tiende a crecer más de prisa el capital requerido que la plusvalía, pues la competencia exige a los capitalistas una permanente inversión en ciencia, tecnología, etc., por lo que hay una tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Tendencia que es resultado también del crecimiento de los sectores improductivos –la inversión especulativa, por ejemplo- que al no generar plusvalía reducen la tasa de ganancia.

 

Precisamente, para neutralizar esa caída, el neoliberalismo ha ideado una ofensiva tendente a forzar el descenso del precio de las materias primas y de la fuerza de trabajo, desplazar capitales hacia áreas más redituables, tales como la prostitución, drogas o industria bélica, etc.

 

La competencia entre capitalistas, en tanto que el móvil es la ganancia, es la rueda que moviliza al sistema. Si hay sobrante de producción y una parte de ella no se vende, descienden los precios, si hay escasez, suben. La competencia determina la oscilación de los precios, a más largo plazo de los valores, de la productividad, de la vida económica toda. Y hay competencia, porque existe la noción de que el mercado no tiene un límite exacto, y porque en materia de inversiones y de producción hay múltiples centros de decisión. A la sociedad capitalista la domina la anarquía: produce para consumidores desconocidos, en cantidades desconocidas y con precios de venta y ganancia desconocidos. No hay planificación, con algunas excepciones.

 

Importa señalar que hay tipos diferentes de capitalistas. Los industriales consiguen plusvalía, sustraen el trabajo excedente. Pero una vez producida la plusvalía tienen que repartirla con otros capitalistas. Los comerciantes transforman el capital-mercancía en capital-dinero; permite a los industriales que le venden sus mercancías y no directamente al consumidor, que puedan continuar produciendo sin necesidad de esperar a vender sus mercaderías para reinvertir. El beneficio comercial lo obtienen porque suben el precio de la mercancía comprada al industrial; es una parte de la plusvalía cedida por el industrial. Los banqueros concentran el capital-dinero y prestan los capitales disponibles. El interés percibido es también parte de la plusvalía. Por otra parte, el propietario de tierras recibe bajo forma de renta su parte de la masa total de plusvalía. La renta es la parte del alquiler percibido por el uso de la tierra para producir.

 

(45) Marx: “El Capital”

 

  1. La acumulación del capital      

 

 

El capital es un valor que crece proporcionalmente a su movimiento. Si los capitalistas, concluido el proceso de producción y convertida la mercancía en dinero, no compraran medios de producción y fuerza de trabajo para producir una nueva plusvalía, dejarían de ser tales. El modo de producción capitalista, como otros, debe continuamente atender a su reproducción. En él, concretamente, una parte de la plusvalía se agrega al antiguo capital y se transforma también en capital, proceso denominado reproducción ampliada. Dialécticamente, mientras mayor es la acumulación del capital, mayor plusvalía crea; mientras mayor es la plusvalía creada, mayor es la acumulación del capital.

 

Una vez que una industria moderna comienza su labor, hace ganancias y acumula capital propio. Pero, ¿de dónde viene el capital inicial, antes de que la industria moderna comenzase? El capital se acumula a través del comercio, un término que significaba no sólo el intercambio de productos, sino que incluía la conquista, la piratería, el saqueo y la explotación en diversas formas, principalmente la colonial y que es especialmente lucrativa en el comercio de negros esclavos.  Marx escribe que “el capital viene chorreando, de la cabeza a los pies, por cada poro, sangre y suciedad.” (46) Hubo enormes ganancias y acumulación de capital. Esa acumulación originaria de capital en escala mundial, que le permite a Inglaterra disponer de capitales abundantes para la Revolución Industrial, se hace a expensas de la des-acumulación originaria de las zonas coloniales. Importa saber que España extrajo metales preciosos equivalentes a un monto de 11 veces la deuda externa total de América Latina de 1990 y Portugal a un monto de 33 veces la misma (47).

 

La acumulación primitiva de capitales en los países europeos avanzados se acompaña de la aparición de una clase trabajadora compuesta por antiguos campesinos y artesanos despojados de sus medios de producción; los primeros expulsados de la tierra, y los segundos con las corporaciones artesanales arruinadas. Esa acumulación crea en un polo el proletario `libre’ y en el otro el poseedor del dinero, el capitalista.

 

Abundancia de capital y de mano de obra marcan el principio del capitalismo industrial.  La tendencia histórica de la acumulación capitalista se caracteriza por esa expropiación implacable de los productores directos, campesinos y artesanos; porque la propiedad privada ganada con el trabajo personal cede lugar a la propiedad privada capitalista, asentada en la explotación del trabajo ajeno, aparentemente libre; porque se transforman los productores medievales en proletarios; por la socialización progresiva del trabajo. También acelera la reducción de la mano de obra por la máquina, genera desocupación (`ejército obrero de reserva’), concentra la riqueza, polariza a la sociedad en ricos y pobres, y posibilita al capital ampliar la producción.

 

La expropiación también opera entre los capitalistas, habiendo centralización de los capitales. Cada capitalista aniquila a muchos otros. Paralelamente aumenta la aplicación de la ciencia a la técnica, la explotación sistemática de los recursos naturales, la extensión de la miseria, el ingreso de todas las regiones y pueblos en la red del mercado mundial.

 

Tal acumulación de capital persigue el objetivo de aumentar la tasa de ganancia; cualquier otro aspecto se le subordina. Si la ganancia es insuficiente, el proceso se enlentece y puede detenerse.

 

La acumulación de capital, de una parte, extiende las relaciones sociales de producción capitalistas en áreas donde prevalecen relaciones precapitalistas, donde se apodera de tierras de comunidades nativas, de pequeños productores, de recursos naturales y arrasa con etnias o especies animales y vegetales. Por otra parte, profundiza las relaciones sociales de producción capitalistas en áreas donde ya existen, intensificándolas mediante el incremento de la productividad del trabajo tendente a desplazar a los competidores del mercado.

 

(46) Marx: “El Capital”.

(47) Sarandí Cabrera: “Nuestra América no es deudora…” `La República’ (3/5/1992)

 

 

  1. 2 Las crisis capitalistas

 

En el sistema capitalista se enfrentan los capitalistas entre sí y contra sus trabajadores. Fases expansivas (de auge) y depresivas (de crisis) se vinculan a esos enfrentamientos. Las de auge son indicadas por el aumento de las tasas de ganancia (relación entre la plusvalía y el total del capital invertido). Las de crisis se caracterizan por una sobre acumulación del capital en la producción, paralizante porque no hay donde invertir con ganancias, y por una brusca y fuerte caída de esas tasas de ganancia. Éstas se motivan por el aumento del salario real, fruto de la lucha obrera en los períodos de auge (la dinámica de la lucha de clases explica las coyunturas, y vuelve necesarias para los capitalistas nuevas revoluciones tecnológicas); por el estancamiento de la productividad; por el agotamiento del mercado para determinadas industrias; y por la detención del avance tecnológico.   Las crisis son funcionales al sistema pues eliminan mercancías, capitales e inclusive seres humanos (guerras mediante), y preparan las condiciones para una nueva etapa de desarrollo, no sin antes arruinar a sectores del capital y beneficiar a otros.

 

La historia registra una sucesión de crisis. En EE.UU. de 1810 a 1920 hay quince crisis y de 1945 a 1975 siete recesiones. Entre ambos períodos, está la gran crisis de 1929, que dura diez años y se supera sólo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Las últimas décadas se caracterizan por el estancamiento y la inflación.

 

Cuando comienza un ciclo de producción, trabaja a plena actividad la industria pesada (productora de bienes de capital), la liviana (productora de bienes de consumo) y el comercio. Mientras hay producción para un mercado demandante se pagan salarios y el consumo es normal.  En una segunda etapa del ciclo, hay indicios de que la producción desbordará las necesidades del consumo, y entonces la industria liviana merma sus compras a la industria pesada. Ésta es la primera en sentir la menor actividad y parálisis y sus capitalistas despiden a los trabajadores, y éstos, al no recibir salarios, como consumidores no pueden comprar para satisfacer sus necesidades. Al disminuir el consumo, en una tercera etapa, también se paraliza la producción y las inversiones en la industria liviana, y en ella a su vez, los capitalistas despiden a sus trabajadores, que también sin salarios, aumentan el número de personas que tienen necesidades de consumir pero que no pueden adquirir las mercancías. Obviamente, también se resiente la actividad comercial. Caen los precios, los capitalistas no pueden vender sus mercancías a su valor, sobreviene una caída general de las acciones, se dificulta el reembolso de los créditos y se generaliza la crisis. Lo absurdo de la economía capitalista es que-por primera vez en la historia- genera hambre porque sobran las mercancías, que no se pueden comprar ni tampoco regalar para evitar más derrumbes de precios. La tendencia decreciente de la tasa de ganancia se manifiesta en las crisis de sobreproducción.

 

“¿Cómo remonta esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción violenta de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿A qué conduce esto? A preparar crisis más generales y más formidables y a disminuir los medios de prevenirla.”  (48) La burguesía remonta la crisis con la concentración de la riqueza, la quiebra de sus miembros más débiles, la disminución de los salarios, los ritmos de producción aumentados que exige para compensar sus dificultades y que los trabajadores aceptan  para no perder sus empleos. Hay sobreoferta de maquinarias y materias primas, se malbaratan los medios de producción de las empresas quebradas. Y se innova en ciencia y tecnología. Por consiguiente, se concentra la riqueza y centralizan los medios de producción. Entonces, la tasa de ganancia vuelve a aumentar, porque las empresas sobrevivientes tienen auspiciosas perspectivas, crece la inversión y comienza otra fase de acumulación de capital. Pero la conquista de nuevos mercados es la solución ideal para la burguesía, la que origina la expansión imperialista, ya que el mercado ampliado retardará por décadas las crisis de sobreproducción. Cuando las crisis retornan tienen ya dimensión mundial y culminan en la irrupción de las dos grandes guerras del siglo XX entre potencias imperialistas.

 

En la actualidad la `superhinchazón de la esfera financiera’ es producto de la crisis. El capital acumulado encuentra su límite de ganancia en la producción y vuela a la especulación. Sólo entre el 5 y el 8% de las transacciones corresponden a mercancías y servicios, las demás son especulativas. Y el volumen de la economía financiera es 50 veces superior al de la economía real (49).

 

(48) Marx y Engels: “El Manifiesto Comunista” 

(49) Ignacio Ramonet: “Capitalismo, mundialización, socialismo”.

 

 

 

 

  1. El sistema capitalista                           

 

 

Con los viajes europeos de exploración y conquista del siglo XVI, nace el sistema económico mundial bajo pautas mercantilistas, correspondientes a la fase comercial del capitalismo. Hasta el siglo XV inclusive las relaciones entre los pueblos son accidentales y esporádicas. Pero a partir de que los conquistadores y colonizadores vinculan el Nuevo con el Viejo Mundo, la historia de un país o de una región es parte del proceso económico y político global.

 

Marx y Engels aportan al concepto de sistema, pero no consiguen una elaboración teórica del funcionamiento de éste en su totalidad; y es posible encontrar diversas interpretaciones en pasajes dispersos de sus obras. Más aún, generalizan el desarrollo del capitalismo a nivel mundial como una extensión de las características de los países de Europa. “El país que está más desarrollado industrialmente muestra únicamente a los países menos desarrollados la imagen de su propio futuro.” (50) Pero no será así: como no profundizan el estudio del naciente fenómeno del imperialismo demoran en comprender que los países atrasados no llegarán a ser capitalistas desarrollados debido a la deformación que las metrópolis les imponen. Lenin, Rosa Luxemburgo y otros desarrollan este concepto nuevo, incipiente en los últimos escritos de Marx.

 

El sistema analiza las relaciones entre diferentes sectores de la economía, o entre diversas unidades productivas, a nivel nacional, regional, o mundial. Puede incluir modos de producción diversos. Se asienta en una compleja división social del trabajo, y en múltiples procesos de producción unidos entre sí por el mercado, fruto de la expansión del capitalismo comercial europeo. Muestra una estructura jerarquizada, con metrópolis en posición central, colonias periféricas, y entre ellas, naciones intermedias, casos de España y Portugal. Europa es el eje del sistema cuya unidad estriba en el desarrollo desigual, en el flujo constante de capitales de la periferia al centro, donde se acumulan y sirven de pilar de la Revolución Industrial. La relación se sustenta es el sometimiento político y económico de las colonias. El sistema deviene claramente capitalista en el siglo XVIII, adopta formas más acabadas a fines del XIX y principios del XX, y se mundializa más hondamente en las dos o tres últimas décadas. Se trata de una economía de intercambio, fundada en la búsqueda de la ganancia y en el mecanismo del mercado, vuelta más compleja por la aparición de medios técnicos más perfeccionados y la adopción de criterios liberales.  Se afirma como un sistema de redes, organizadas jerárquicamente, dentro de las cuales hay países que se especializan en una o más actividades. Puede representarse también como las dos caras de una moneda: la de los países imperialistas y la de los países sometidos al imperialismo.

 

El ensanchamiento del mercado es una constante del sistema. Mercado urbano durante la fase de capitalismo mercantil, deviene mercado nacional y finalmente mercado mundial. El mercado nacional aparece inicialmente con la unidad económica, política y jurídica de Portugal, España, Francia, Inglaterra y Holanda. Los feudos son reemplazados por estados centralizados que permiten intercambios entre regiones.  Las trabas jurídicas (aduanas interiores) y materiales (insuficiencia de vías de comunicación y de medios de transporte) durante siglos estorban estos intercambios. Pero desaparecen con las revoluciones burguesas de Holanda, Inglaterra y Francia (siglos XVII y XVIII), el triunfo generalizado de las ideas liberales, y ya en el siglo XIX con el desarrollo de comunicaciones como los canales y las vías férreas.

 

El mercado internacional nace con los grandes descubrimientos (siglos XV y XVI) que abren al comercio nuevos mercados, vías de comunicación y fuentes de abastecimiento. Los transportes, limitados mientras la navegación es a vela,  se incrementan bruscamente con la navegación a vapor, luego de la primera revolución industrial; un segundo empuje les vendrá de la apertura de las grandes vías intercontinentales (Suez, Panamá) y de la energía obtenida de los derivados  del petróleo a fines del siglo XIX.  En ese momento, cada metrópoli acrecentará sus intercambios con el exterior y su producción en proporciones desconocidas, con el riesgo de la `epidemia de la sobreproducción’ (51). Ya en el siglo XX Inglaterra, Francia, Alemania, EE. UU., Japón constituyen el corazón del sistema capitalista. La mentada `globalización’ actual no es más que la profundización de la circulación de mercancías y de capitales, de la organización de la producción y de tecnologías que rebasan los límites de países y regiones en beneficio de los centros dominantes. Por ende, el sistema se caracteriza por el ensanchamiento  mundial y  el carácter cada vez más complejo de sus formas de actividad,  perfeccionadas con la aparición de medios técnicos, modos de organización  y la adopción de un conjunto coherente de instituciones políticas, jurídicas y sociales aseguradoras del equilibrio económico en función del móvil dominante, la ganancia.

 

(50) Marx: “El Capital”

(51) Marx y Engels: “El Manifiesto Comunista

 

                            28. Hacia un sistema socialista

 

 

El sistema capitalista no es el único habido en la historia. Han existido otros sistemas. Todos se basan en una concepción determinada para la búsqueda del equilibrio económico. Los hay de economía cerrada en los que el equilibrio se busca en el seno de un grupo estrecho (familia, dominio rural, comunidad); en ellos los productores tratan sólo de asegurar la satisfacción de sus necesidades creando todo lo que necesitan, sin preocuparse por vender sus productos elaborados fuera del grupo, ni por   comprar otros. Las decisiones se adoptan por la vía de una autoridad que interpreta las necesidades, elige los bienes a producir y atribuye tareas a cada uno.  Esos sistemas han existido durante milenios.

 

Hay otros sistemas de economía de intercambio en los que se procura la adaptación de la producción a necesidades más abarcadoras que los componentes de un grupo cerrado. Los productores se especializan en ciertas actividades creando mercancías para el intercambio, además de las que consumen ellos. Con el excedente se procuran los otros productos que necesitan.

 

Un sistema de intercambio es el capitalista, en el que las necesidades pueden expresarse en el mercado bajo la forma de una cierta demanda que, por su presión sobre los precios, orienta la oferta. Pero también hay sistemas de intercambio basados en el mecanismo de una planificación económica colectivista, en el cual las necesidades de la colectividad son estimadas por una autoridad central que establece cierta jerarquía de necesidades y decide los bienes que han de producirse. Es un mecanismo similar al de la economía doméstica, pero en una escala mayor. Los sistemas tributarios -por ejemplo, el incaico- pertenecen a este tipo.

 

Los sistemas no existen en estado puro. Todos conllevan elementos de épocas y tipos diversos, que son supervivencias del sistema anterior o anuncios del siguiente.

 

El denominado `sistema socialista’ es el primer intento de superar al capitalista en escala mundial. Marx y Engels imaginaron una sociedad en la que la propiedad privada burguesa sería abolida, los medios de producción socializados y transferidos al Estado, quien planificaría la producción de acuerdo a las necesidades del consumo. Pero ellos pensaron que se instauraría en sociedades capitalistas industrializadas. Sin embargo, esas condiciones no se han dado en el siglo pasado. El `sistema socialista’ integrado por una gran mayoría de países de inferior capacidad productiva a los capitalistas desarrollados, no pudo alcanzar al centro del sistema capitalista, ni escapar de la escasez, del desarrollo desigual, de las diferencias sociales y fue superado por éste.

 

Así, el sistema capitalista ha sobrevivido al mayor reto histórico enfrentado. ¿De esto se concluye que no es dable vencerlo?  En la medida que el sistema capitalista domina al mundo –salvo algunos países con modos de producción diferentes al capitalista, pero obligados a aceptar sus reglas, y que, a la vez, dialécticamente, lo resisten y niegan (Cuba es el mejor ejemplo)- y en la medida que se demostró, primero teórica y luego prácticamente, la inviabilidad de la construcción del socialismo en países aislados, hay que asumir que el proceso de transformación se gesta en los marcos del sistema capitalista. Además, que el potencial revolucionario reside en la periferia y no en el centro, aunque ambos a la larga, compartirán la necesidad socialista. Pero, aunque gestada inevitablemente en las entrañas del sistema capitalista, la política socialista se diferencia en que no se somete a sus reglas, como el monitoreo de las organizaciones internacionales de crédito, y crea las herramientas económicas, políticas, sociales, militares, etc. que lo derroten.

 

Fidel anticipa las grandes líneas para superar al sistema: “¿Qué tipo de globalización tenemos hoy? ¿Una globalización neoliberal […] ¿es sostenible? No. ¿Podría subsistir mucho tiempo? Absolutamente no. ¿Cuestión de siglos? Categóricamente no. ¿Durará sólo décadas? Sí, solo décadas. Pero más temprano que tarde tendrá que dejar de existir […] ¿cómo se va a producir la transición? No lo sabemos. ¿Mediante amplias revoluciones violentas o grandes guerras? Parece improbable, irracional y suicida. ¿Mediante profundas y catastróficas crisis? Desgraciadamente es lo más probable, casi casi inevitable, y transcurrirá por muy diversas vías y formas de lucha. ¿Qué tipo de globalización será? No podrá ser otra que solidaria, socialista, comunista, o como ustedes quieran llamarla.” (52)

 

(52) Fidel Castro: “Fidel: su visión del mundo actual” (1999)

 

 

 

                I.  La Teoría Política: el Socialismo
29. El rol de los trabajadores

 

 

`Socialismo’ llama Lenin a la cuarta parte constitutiva del marxismo, la teoría política. Vale destacar que el marxismo tiene un carácter dual: por una parte, es ciencia de la sociedad y la historia, y por otra, es un proyecto de emancipación, `una exigencia antropológica, moral y política anterior a la investigación científica’ (53) en procura de eliminar las condiciones sociales que transforman a los seres humanos en seres explotados, oprimidos, alienados.

 

La respuesta de los fundadores para conectar el materialismo histórico y la revolución proletaria es directa. En tanto que la revolución industrial se extendía por Inglaterra y Europa Occidental, con la concomitante degradación del proletariado, de la situación existencial de éste devendría su carácter revolucionario. “Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que manejarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios.” (54)  La misión revolucionaria del proletariado es principio cardinal del marxismo. Pero, a 160 años de esa afirmación aún no se ha concretado. ¿Qué el proletariado no haya cumplido con su misión, cuestiona ese principio? No hay mejor forma de responder que abordar el tema desde la historia y la sociología reafirmando las herramientas conceptuales.

 

“El proletariado inglés, de hecho, se está volviendo cada vez más burgués, de modo que parece que esta nación, la más burguesa de todas, acabará por tener una aristocracia burguesa y un proletariado burgués, así como tiene una burguesía […] Evidentemente, de parte de una nación que explota al universo entero, esto es hasta cierto punto, lógico.” (55)

 

Las crisis del sistema han sido más violentas en el `centro’ en el período 1825-50 que en el de 1850-1914. En el primero, el capitalismo inglés crece a expensas de las formas precapitalistas de producción en el interior del país. En el segundo, crece fuera de fronteras. La expansión imperialista ensancha el mercado, multiplica la producción industrial y mejora la condición de los trabajadores en los centros capitalistas en su conjunto, comenzando por Inglaterra. Esos centros envían a las colonias pobladores y producción, lo que les permite ocupar obreros en la industria, y a éstos mejorar las condiciones de salario y de trabajo. Razón tuvo Cecil Rhodes (1895): “El imperio, lo he dicho siempre, es una cuestión de estómago. Si no queréis la guerra civil, debéis convertiros en imperialistas.” (56) El hecho de que parte de los bienes extraídos de la periferia derive en beneficio de los trabajadores de los países centrales sustenta el carácter reformista de ellos desde la segunda mitad del siglo XIX. De allí que, en los países imperialistas, el proletariado abandona progresivamente su concepción revolucionaria contra el sistema, para aspirar a mejorar su condición dentro del capitalismo. “La energía revolucionaria del proletariado inglés se ha desvanecido prácticamente del todo, y el proletariado inglés declara su completo acuerdo con la dominación de la burguesía.” (57)

 

No obstante, mientras en los países imperialistas la clase obrera ha tendido a alejarse del marxismo, éste no sólo ha sobrevivido, sino que se ha convertido en más universal. La expansión imperialista suaviza la lucha de clases en los centros imperialistas, pero la agudiza a nivel mundial. Las huelgas y el crecimiento anarquista en el Río de la Plata, la Revolución Mexicana (1910), la instauración de la República China con Sun Yan-sen (1911) y las Revoluciones en Rusia (1905 y 1917) la ejemplifican tempranamente. Después, en los siglos XX y XXI, la expansión imperialista -en el llamado `Tercer Mundo’ o más recientemente `Sur’- ha creado para sus grandes masas condiciones de vida que `representan la concentración de todas las condiciones inhumanas de la sociedad moderna’.  (58) Desde entonces, el marxismo se ha robustecido y el proletariado de esas sociedades esquilmadas por el imperialismo y sus aliados nativos, ha cumplido un rol importante en varias revoluciones (China, Cuba, etc.).

 

Las últimas décadas han mostrado la capacidad de reestructuración del capitalismo, la generalizada caída del `protosocialismo’ o `socialismo en estado larvario’ (59) entre otras consecuencias con la fragmentación creciente del proletariado. Reconstruir la unidad social y política de los trabajadores, partiendo de su singularidad y diferencias, desarrollando su conciencia y organización, es el reto fundamental para los marxistas, a fin de que esta recompuesta clase de asalariados, cumpla la misión de vanguardia e imponga su hegemonía en el bloque social alternativo al del poder dominante del gran capital.

 

(53) Mandel: “Actualidad de Marx” (1983)

(54) Marx y Engels: “El Manifiesto Comunista”

(55) Carta de Engels a Marx (1858)

(56) Lenin: “El imperialismo, fase superior del capitalismo”

(57) Carta de Engels a Marx (1863)

(58) Marx: “La Sagrada Familia”

(59) Rudolf Bahro: “La alternativa. Contribución a la crítica del socialismo realmente existente”

 

 

 

 

  1. Los sindicatos.               

 

 

La proclama inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores (A.I.T.)  propone tres agrupamientos para la clase obrera: el sindicato, el partido político y la Internacional (1864).

 

Los sindicatos que acababan de nacer, son considerados por Marx y Engels `centros organizadores’ de la clase, escuelas de solidaridad y de socialismo y su método de lucha, la huelga, escuela de la guerra social contra el capital. Sin que sean conscientes de su rol son el eje de la organización obrera, como las municipalidades medioevales lo fueron para la burguesía.

 

Su valía radica en que los obreros, dispersos y en competencia mutua para vender su fuerza de trabajo, comienzan a actuar juntos.  “Del lado del obrero, su única fuerza social es su masa. Pero la fuerza de la masa se rompe por la desunión. La división de los obreros es el producto y el resultado de la inevitable competencia entre ellos mismos. Los sindicatos nacen precisamente del espontáneo impulso de los obreros a eliminar, o por lo menos a reducir, esta competencia, a fin de conseguir en los contratos condiciones que les coloquen al menos en situación superior a la de los simples esclavos. El fin inmediato de los sindicatos se concreta, pues, en las exigencias del día, en los medios de resistencia contra los incesantes ataques del capital; en una palabra, en la cuestión del salario y de la jornada.” (60)

 

La clase trabajadora parte de la lucha por la reducción de la jornada laboral, por el aumento de los salarios, por la defensa de la mujer y del niño trabajadores, por una amplia legislación fabril, etc.; a tales luchas, el marxismo les atribuye valor, sin sobreestimar las posibilidades de la legislación, porque elevan la autoestima de la clase y desarrollan la solidaridad. “A veces los obreros triunfan; pero es un triunfo efímero. El verdadero resultado de sus luchas es menos el éxito inmediato que la solidaridad aumentada de los trabajadores.” (61)    Para dicha solidaridad destacan la ayuda material a los obreros combatientes.

 

En efecto: “Si el primer objeto de resistencia ha sido sólo el sostenimiento de los salarios, a medida que los capitalistas, a su vez, se reúnen en un pensamiento de represión, las coaliciones, aisladas al principio, se forman en grupos, y enfrente del capital, siempre reunido, el sostenimiento de la asociación viene a ser para ellos más importante que la del salario […] Una vez llegada a ese punto, la asociación adquiere un carácter político.” (62)

 

No obstante, Marx observa los límites del sindicato y concluye que “en general yerran su camino porque se limitan a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en vez de laborar al mismo tiempo para su transformación, usando de su fuerza organizada como palanca para la liberación definitiva de la clase obrera, es decir, para la abolición definitiva del sistema del salario.” (63) Así, además de atender sus fines primarios, los sindicatos deben apoyar todo movimiento político o social que se encamine contra el sistema. Y en vez de la solución conservadora `Un salario justo para una jornada de trabajo justa’ deben inscribir en su bandera las palabras revolucionarias: `abolición del sistema de trabajo asalariado’ (64).

 

En síntesis: los obreros no deben exagerar las consecuencias de las luchas cotidianas, ni olvidar que luchan contra los efectos, pero no contra sus causas; retrasan el descenso de sus condiciones de vida, pero no varían su dirección; aplican paliativos, pero no curan la enfermedad. Por lo tanto, no deben gastar su energía exclusivamente en esta lucha inevitable de guerrillas; lucha que provoca siempre los continuos ataques del capital o las variaciones del mercado.

 

Deben comprender que el sistema actual, con todas las miserias que les aparejan, produce al mismo tiempo las condiciones materiales necesarias para la edificación socialista. De modo que, aún atribuyendo enorme significado a la lucha económica del proletariado y a los sindicatos, el marxismo subraya siempre la supremacía de la política sobre la economía. Y estima que, aunque el partido y el sindicato tienen un objetivo emancipador común, se valen de métodos diferentes.

 

(60) Marx: “El pasado, el presente y el futuro de los sindicatos”. Resolución del Congreso de la Primera Internacional. Ginebra. 1866.

(61) Marx y Engels: “El Manifiesto Comunista”

(62) Marx: “Miseria de la filosofía”

(63) Marx: “Salario, precio y ganancia”

(64) Marx: “El Capital” 

 

  1. El Partido           

 

 

“El concepto de partido proletario ocupa una posición central en el pensamiento y la actividad políticas de Marx y Engels […] No obstante, en ninguna parte presentan en forma sistemática una teoría del partido proletario, su naturaleza y sus características. Tampoco elaboraron por adelantado un `plan’ para la creación de un partido revolucionario del proletariado y en ningún momento se consagraron a formar un partido político. Sí se apoyaron en las organizaciones existentes creadas por sectores progresistas de esa clase y condenaron como sectarismo toda tentativa de imponer sobre la clase trabajadora, y desde afuera, formas preconcebidas de organizaciones.  Marx pudo haber dicho como Molière: `Tomo mi bien donde lo encuentro’.” (65)

 

El problema de la organización del partido revolucionario –según Marx- sólo puede abordarse a partir de una teoría de la revolución, sin cabida para definiciones fijas, dogmáticas. Las tácticas para su construcción la dictan las circunstancias del momento, pero todas contienen el elemento común de evitar el aislamiento sectario, de buscar ámbitos donde los comunistas se liguen a la clase obrera. Engels define al Partido como “esa parte de la clase trabajadora que ha tomado conciencia de los intereses propios de la clase” (66).

 

Marx y Engels sólo fueron miembros y líderes de la Liga de los Comunistas (1847-1852) y dirigieron la Asociación Internacional de Trabajadores, que no se concibió como partido ni embrión de él. En cambio, asesoraron a varios partidos obreros. Sus ideas se comprenden sólo si se las ubica en variables contextos históricos y semánticos. Es dable distinguir cuatro modelos de partidos. 1) La Liga de los Comunistas, organización internacional secreta de cuadros, a las que consideraban una “sociedad exclusivamente de propaganda”, (67) que pretendía el liderazgo sobre la clase a partir de su conciencia teórica superior. 2) El `partido’ como mera idea sin organización concreta, durante el reflujo del movimiento obrero, en la década del 50 y principios de la del 60.  3) El partido marxista nacional de masas (socialdemocracia alemana, en los 70, 80 y principios de los 90). 4)  Los partidos nacionales de trabajadores amplios (Gran Bretaña y EE. UU.), no marxistas, basados en el primer partido obrero, el cartista inglés (los 80 y principios de los 90).

 

Dos ideas a destacar son: a) valoran los pasos unitarios concretos, aunque tengan insuficiencias teóricas: “cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas” (68); b) defienden la libertad de crítica: “El partido obrero se basa en las críticas más agudas de la sociedad existente; la crítica es su elemento vital; ¿cómo puede, entonces, evitar él mismo las críticas, prohibir la controversia?” (69)

 

Después al concepto de Partido lo enriquecen Lenin, Luxemburgo, Lukacs, Gramsci , Mao, etc. en temas como las relaciones entre partido y clase, obreros e intelectuales, partido y Estado, así como la adquisición de la conciencia de clase y el tipo de organización para la vida legal e  ilegal.

 

Hoy también lo enriquece la teoría del Partido Socialista Unido de Venezuela: “la noción de vanguardia se expresa hoy traduciendo en una conformación compleja, de difícil aprehensión, la realidad del proletariado mundial, [dada] por la disgregación en todos los planos. Como nunca antes, la vanguardia está fragmentada, no sólo organizativa, sino conceptualmente […]  [pero] existe unidad social y  política de las grandes masas, las fuerzas revolucionarias que las conforman no se reconocen –por regla general- como marxistas, mientras que buena parte de las organizaciones y cuadros que se consideran marxistas o bien están por fuera de aquellas formaciones, o bien desechan la búsqueda y defensa de la unidad social y política de las masas como eje de una estrategia anticapitalista y de construcción partidaria, lo cual equivale a decir que no asumen posiciones revolucionarias en los hechos (a menos que se entienda por tal hablar a los gritos y condenar a todo el mundo por traidor y agente imperialista).” Y tras señalar que “Los partidos y organizaciones revolucionarias que se empeñan formal y sistemáticamente en el estudio y la enseñanza del marxismo son tan raros como un elefante blanco” y que “los partidos en gestación deberán integrar la pluralidad de las masas populares” (70) se convoca a los marxistas -en base a las enseñanzas de `El Manifiesto Comunista’ – a integrarse a este partido que no se define marxista, combatiendo la tendencia sectaria de separarse de las masas.

 

 

(65) Monty Johnstone: “Marx y Engels y el concepto de partido”.

(66) Engels: “La cuestión militar prusiana y el partido obrero alemán”.

(67) Engels: “Contribución a la historia de la Liga de los comunistas”.

(68) Marx: “Crítica del programa de Gotha” (Carta a Bracke) (1875).  

(69) Engels: Carta a Trier. (1889)

(70) Luis Bilbao: “Teoría y práctica del partido revolucionario en la nueva coyuntura mundial”.

 

 

  1. La Internacional

 

 

Hacer consciente la necesidad de la solidaridad internacional entre los trabajadores es un requerimiento de la clase inscripta en la evolución de una época que tiende hacia una concepción universalista del devenir. Si el término `internacional’ se conocía, el de `internacionalismo’ es de uso tardío (1879), concepto generado desde la oleada revolucionario del 48. Los comunistas se distinguían – dice “El Manifiesto Comunista”- sólo porque en las luchas nacionales destacan y hacen ver los intereses comunes al proletariado, sin considerar la nacionalidad. Pero no será creación de ellos la Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional (1864-1872), amplia federación de organizaciones obreras, producto del acercamiento entre los obreros británicos y franceses, y en la que participan masones filadelfianos, mazzinianos y garibaldinos, cartistas, saintsimonianos, emigrados de la Comuna de 1848, etc. Nace de la convergencia de intereses diferentes cuando Europa padece la frustración de la Revolución Francesa y los efectos de la Industrial.

 

Marx y Engels se habían auto-impuesto un relativo aislamiento de su actividad política para dedicarse a la producción teórica. Sin embargo, Marx, invitado al mitin inaugural, asiste y dice ser “espectador mudo en el estrado […] porque esta vez participaban verdaderas fuerzas”. (71) Engels aprueba.  Pero no pretendían la adopción inmediata de los lineamientos de la disuelta Liga de los Comunistas.     

 

Desde 1864 Marx y desde 1870 Engels gravitan en la A.I.T., aunque participan a título individual, y prevalecen los partidarios de Proudhon. Su influjo se observa en el preámbulo estatutario que proclama que “la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos”. Pero Marx formula el programa “en una forma aceptable desde el punto de vista actual del movimiento obrero”, (72) con líderes liberales de los sindicatos británicos, partidarios de Proudhon, de Lassalle, etc. y se limita a “aquellos puntos que permiten un acuerdo inmediato y una acción concertada de los obreros”. (73) Es una postura comprensible en tanto opina que la A.I.T. “no es un engendro artificial de alguna secta o teoría” (74). Se confía “para el triunfo último de las ideas expuestas en el Manifiesto […] sólo y exclusivamente en el desarrollo intelectual de la clase trabajadora, que necesariamente debe surgir de la acción y la discusión concertadas” (75) y va logrando apoyo para demandas de carácter socialista. Así, la A.I.T. defiende la propiedad colectiva de minas, ferrocarriles, tierras de labrantío, bosques y medios de comunicación. Y define la importancia de la “constitución de la clase trabajadora en un partido político”. (76) Marx y Engels siempre procuran la fusión de la teoría socialista con el movimiento obrero.

 

Pero la represión tras la derrota de la Comuna de París y la separación de los bakuninistas, terminan con la experiencia (1872). Engels espera que la nueva Internacional fuera directamente comunista y al nacer la Segunda (1889) la saluda con entusiasmo.

 

Su crisis posterior al desatarse la Primera Guerra Mundial (1914), el nacimiento, evolución y desaparición de la Tercera, los intentos y realizaciones en pos de una Cuarta, forman parte del tema, pero es inabordable en pocos párrafos.

   En esta época de fragmentación de la clase trabajadora, de pérdida de su protagonismo ideológico y político, la revitalización del internacionalismo y la recreación de una Internacional que sea centro de debates y de resoluciones para una nueva etapa revolucionaria, socialista es evidente. Si la Primera fue definida por uno de sus fundadores como “un niño nacido en los talleres de París y amantado en Londres” (77);  si la Segunda, promovida por los proudhonianos franceses, desde 1900 se constituye en una internacional de Partidos Socialistas influidos por el marxismo y en que la socialdemocracia alemana tiene gravitación principal; si la Tercera tiene hegemonía rusa; es válido suponer que en la primera década del siglo XXI, América Latina tenga fuerte protagonismo para la reconstitución de una genuina Internacional. En la tarea vale recordar a Marx: “En virtud de que el grado de desarrollo de los distintos destacamentos de obreros de un mismo país, así como de la clase obrera de los diferentes países es inevitablemente muy diverso, el movimiento efectivo se manifiesta de modo ineludible en formas teóricas también excepcionalmente diversas […] y por último, la discusión directa en los congresos comunes conducirá paulatinamente también a la creación de un programa teórico común a todo el movimiento obrero.” (78)

 

(71) Annie Kriegel: “La Asociación Internacional de Trabajadores (1864-1876). En “Historia General del socialismo”. “De los orígenes a 1875”. Cita carta de Marx a Engels de 1864.

(72) Carta de Marx a Engels (4/11/1864).

(73) Carta de Marx a Kugelman (9/10/1866).

(74) Informe Anual del Consejo General de la AIT.

(75) Engels: Prefacio a la edición alemana de 1890 de “El Manifiesto Comunista”.   

(76) A.I.T. Conferencia de Londres. 1872.

(77) Carlos Rama: “Las ideas socialistas en el siglo XIX”. Cita de Bibal.

(78) Carta de Marx a Engels (1869).

 

  1. El Estado

 

 

 

El marxismo sostiene que el Estado es un órgano de dominación al servicio de la clase o bloque de clases dominantes. Es un producto de la separación de la sociedad en clases sociales antagónicas, en tanto se vuelve necesario un poder superior, en apariencia situado sobre la sociedad, pero que responde a los intereses de la clase o clases dominantes. El poder se requiere para mediar en los conflictos entre los individuos, los grupos y las clases, para asegurar los privilegios de los dominadores, y a la vez, para impedir que sus excesos abrumen y solivianten a las clases dominadas, haciendo peligrar la misma dominación.  Ese poder se presenta como juez imparcial, representante de una justicia superior, de intereses generales, etc.  Pero, “el Estado no es más que una máquina para el aplastamiento de una clase por otra” (79), sin que esa condición contradiga que el Estado expresa a la sociedad tal como es, y, por ende, refleja también la resistencia de las clases explotadas.

 

En el capitalismo el Estado es un órgano de dominación de la burguesía o del bloque de clases del gran capital, “lo mismo en la república democrática que en la monarquía” (80). La dominación la ejerce por la vía de instituciones económicas, políticas, judiciales, administrativas, educativas, armadas, policiales y de comunicación, con sus relaciones de propiedad y de legalidad.

 

Esas instituciones permanentes del Estado monopolizan la violencia, controlan las relaciones financieras y económicas básicas, defienden la hegemonía de la ideología del bloque del gran capital contra las ideologías representativas de intereses diferentes o antagónicos. Además, sus funcionarios se mantienen con independencia de los regímenes políticos, pues imbuidos de la ideología dominante tienden a convertirse de `servidores de la sociedad’ en servidores de los dominadores.

 

Los llamados Documentos de Santa Fe (EE.UU.) –expresión en las últimas décadas de los teóricos imperialistas- procuran anclar en estas instituciones permanentes el poder efectivo, en tanto son resortes más estables y difíciles de modificar y, a la vez, de acotar las potestades de los gobiernos. Sobre todo, se esfuerzan por mantener la influencia rectora de los organismos de créditos y otros del poder mundial (como las Naciones Unidas) dominados por el gran capital trasnacional.

 

El capitalismo rediseña las funciones del Estado. El Estado fuerte, lejos de ser anacrónico, se convierte en objetivo fundamental, aunque su protagonismo difiere si se trata de estados imperialistas o dependientes. En los Estados imperialistas interviene para salvar las multinacionales, evitar el colapso de los sistemas financieros, estimular la competencia contra otros países imperialistas, conquistar mercados exteriores, proteger los locales, liberalizar el comercio, regular las inversiones, fijar aranceles y subsidios protectores de su producción, afirmar la expansión de las trasnacionales a través del rol político y militar ofensivo, ajustar sus estrategias con los medios de comunicación, etc. En los Estados dependientes interviene para proteger los intereses del bloque burgués trasnacional: círculos financieros mundiales, inversionistas, exportadores, altos funcionarios. Asegura los objetivos imperialistas, merced a la contrarrevolución neoliberal, manifestada en las privatizaciones (con firme promoción estatal), en los ajustes estructurales, en la flexibilización laboral, en la desregulación financiera. Si bien el Estado se debilita y achica en las funciones clásicas de los Estados de Bienestar (salud, educación, seguridad social), es en estas otras funciones, activo, intervencionista y represivo.

 

Pero todo Estado, además de sus instituciones permanentes, posee un régimen. El régimen se constituye con las instituciones políticas temporales –elegidas o no, civiles o militares- que elaboran cotidianamente la política a través del Poder Ejecutivo, del Poder Legislativo, de las Intendencias y legislativos departamentales o provinciales. Incluye, por consiguiente, al gobierno (Poder Ejecutivo) que es tan sólo una parte del régimen. Y el régimen está inserto en las reglas y relaciones de clases existentes al interior del Estado.

 

O sea, el Estado aporta la estructura a largo plazo, en la cual operan las políticas del régimen. Sus instituciones tienen un relativo grado de autonomía e independencia de los regímenes. Y sus jerarquías responden a las conexiones históricas con el bloque dominante. Las definiciones políticas más trascendentes se toman por ellas: Fuerzas Armadas, Policía, Agencias de Inteligencia, Banco Central, Poder Judicial. El carácter de clase del Estado no cambia, excepto con una revolución. A su vez, el régimen político depende y se inserta en el Estado y su poder se ve limitado por el marco de clases preestablecido.

 

(79) Engels: Introducción a “La guerra civil en Francia” (1891)

(80) Ibidem

 

                 34. El marxismo y la democracia

 

 

 “Si Engels dice que, bajo la república democrática, el Estado sigue siendo `una máquina para la opresión de una clase por otra’, esto no significa que la forma de opresión sea indiferente para el proletariado, como algunos anarquistas `enseñan’. Una forma de lucha de clase y de opresión más ancha, más libre, más abierta, facilita enormemente al proletariado la lucha por la destrucción de las clases en general.”(81)

 

El marxismo siempre formula el contenido de clase de la democracia. Hubo democracia esclavista, democracia en los burgos modernos, democracia liberal en diversos países capitalistas y democracias más estrechas, como `las tuteladas’ por las Fuerzas Armadas a la salida de las dictaduras de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Ahora bien, son complementarios dos enfoques diferentes. Por un lado, el reconocimiento del contenido dictatorial de clase de la democracia, opuesto al enfoque liberal que contrapone democracia y dictadura: “Democracia para una minoría insignificante, democracia para los ricos, he ahí cual es la democracia de la sociedad capitalista” (82); Marx aporta un concepto semejante: “… a los oprimidos se les permite cada cierto número de años, decidir cuál de los representantes de la clase opresora los representará y oprimirá desde el parlamento.” (83); por otro lado, el reconocimiento que el régimen en el que se ejerce la dictadura de la burguesía, no es indiferente a los trabajadores ni a las clases populares. En la medida que la democracia implica el reconocimiento formal de la igualdad entre los ciudadanos y tolera mayores márgenes de libertades para los explotados y oprimidos, es  preferible a los regímenes de excepción  del Estado capitalista, como el bonapartismo, el fascismo, la dictadura militar o los de la `seguridad nacional’ .Ni a  los trabajadores ni al pueblo le resultan indiferentes  las formas de opresión y deben deslindarse del error de `izquierda infantil’ de meter en la `misma bolsa’ a la  democracia, la dictadura militar, el fascismo, etc.

 

El régimen democrático refleja también la resistencia de la clase o de las clases oprimidas, y a veces sus victorias: las leyes aprobadas en los plebiscitos en defensa de las empresas públicas, o conquistas de los trabajadores o jubilados. Implica un `compromiso’ entre las clases, expresión de una correlación determinada de fuerzas entre ellas. “El Estado democrático, en particular, tiene un doble carácter, dialéctico y contradictorio […] fue por una parte la expresión de una dictadura efectiva, la de la clase dominante; y por otra se vio obligado a permitir la expresión de los intereses y de los objetivos políticos de las clases dominadas; fue obligado a tolerar la organización de los trabajadores (sindicatos, cooperativas, etc.). El compromiso democrático no suprime la lucha de clases, por el contrario, la expresa.” (84)

 

La democracia es un concepto histórico-concreto, de clase, y no es abstracto, atemporal, al margen de las clases. El origen griego de la palabra verifica su nacimiento en una sociedad y un Estado esclavistas. Con el desarrollo de los burgos modernos, la burguesía adopta formas democráticas cambiantes, según las correlaciones de clase concretas. La más conocida y duradera ha sido la liberal, que asegura en paz su control político. En países periféricos del sistema, la democracia tutelada cumple el rol clásico de la liberal, pero asentada en la desigualdad jurídica ciudadana, en la impunidad de los victimarios de las dictaduras de la Doctrina de la Seguridad Nacional.

 

El régimen democrático es esencialmente inestable. Se basa en la presencia de partidos que representan a las diversas clases. Pero esos partidos no son puros como expresiones de las clases que representan, y en ellos caben matices, metamorfosis, reagrupamientos, lo que motiva una vida política agitada, compleja, polarizada. La democracia burguesa tiende a una crisis de transformación: sea por un `salto atrás’ reaccionario, en defensa de los privilegiados, que la restringe o suprime; o por la imposición de las clases populares, tendentes a una democracia de nuevo tipo, más legítima.

 

Estas crisis políticas estallan cuando chocan el régimen con la estructura del Estado. “En Cuba el Estado revolucionario entró en conflicto con un régimen burgués y éste régimen fue derrotado [Se refiere al primer gobierno presidido por Urrutia en 1959]. En Chile, el régimen del gobierno popular de Salvador Allende entró en conflicto con el estado burgués y el régimen fue derrotado” (85). En esos casos, la lucha de clases (económica, política, militar, ideológica) se vuelve violenta. Las victorias populares conducen a transformar al Estado y a implantar una nueva hegemonía ideológica.

 

(81) Lenin: “El Estado y la Revolución”    

(82) Lenin: Ibidem

(83) Marx: “La lucha de clases en Francia”     

(84) H. Lefebvre: “El marxismo”

(85) James Petras: “Globaloney. El lenguaje imperial, los intelectuales y la izquierda”

 

 

  1. La conquista del poder       

 

 

El Estado, aún bajo el régimen democrático, representa la aplicación sistemática, organizada, de la violencia sobre los pueblos. Por lo tanto, en general, el marxismo reconoce que la violencia será la partera de la nueva sociedad. “Los comunistas no se rebajan a disimular sus opiniones y sus proyectos. Proclaman abiertamente que sus propósitos no pueden ser alcanzados sino por el derrumbamiento violento de todo el orden social tradicional.” (86)

 

No obstante, Marx no descartó que en EE. UU. e Inglaterra la clase obrera se apoderase del poder por medios pacíficos (1872). Un siglo después, el Che Guevara en Montevideo (1961), sostuvo que esa posibilidad estaba abierta en Chile y Uruguay. Pero quien sintetiza de modo concluyente las diversas posibilidades es Engels: “Yo, como revolucionario, estimo útil cualquier medio que conduzca a la meta, tanto el más violento como el más pacífico.” (87)

 

El marxismo no convoca a la violencia proletaria –salvo cuando se obstruyen los caminos de la lucha legal, recogiendo un legado que proviene de los mismos teóricos burgueses- pero sí a prepararse ya que el enemigo arremete contra los pueblos e instrumenta una preparación bélica y extra-bélica (golpes de estado, guerras de baja intensidad, invasiones directas, etc.).

 

Por otra parte, la experiencia lejana y reciente, enseña a valorar las expresiones armadas de los trabajadores y a precaverse de las del `vanguardismo’ pequeño burgués, estructuradas para actuar por fuera de la acción de las masas.

 

¿Ahora bien, cómo se conquista el poder?  El legado histórico es variado. Pero en general, el razonamiento de los teóricos fundadores no se ha correspondido a la experiencia posterior. Ellos partían de la base de un salto hacia delante de la democracia que cambiaría de sentido por la acción de las clases populares, hasta formar un Estado socialista, que realizase la democracia en un estadio superior. Sin embargo, se han sucedido diversos intentos frustrados (el de la República Española, el del gobierno de Allende, etc.) mientras algunos procesos actuales del Sur (Venezuela, Ecuador, Bolivia, etc.) intentan revertir la tendencia. Las revoluciones que han conquistado el poder han nacido del seno de despotismos sin que cupiera otra posibilidad de liberación que no fuera por la vía armada (Rusia, China, Vietnam, Cuba, etc.).

 

Los trabajadores y sus aliados tienen el derecho y el deber de preservar sus estructuras democráticas y de auto-defenderse, conocedores de que la conquista del poder equivale a desestructurar el Estado de los capitalistas, y a estructurar un nuevo Estado al servicio de los trabajadores y de los explotados, del tipo de la Comuna de París de 1871 o de los Soviets de 1917, en el que las masas sean las protagonistas directas del poder.

 

Durante un período que puede ser prolongado, los trabajadores disputarán la hegemonía a la burguesía. Lucha ideológica, política, cultural, moral, de aproximación y cerco a la fortaleza enemiga. El principal problema a abordar es la maduración de la conciencia revolucionaria de los trabajadores y del pueblo, que “es la labor revolucionaria más práctica” pues es imposible impulsar la revolución cuando hay `inconsciencia confiada de las masas’ y `sólo luchando contra esa inconsciencia confiada […] podremos desembarazarnos del desenfreno de frases revolucionarias imperante e impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de las masas.” (88)  Cuando a las tres condiciones revolucionarias objetivas -que las clases dominantes no puedan mantener inmutable su dominación, que se agraven los sufrimientos de las clases oprimidas y que las masas intensifiquen considerablemente sus luchas- se agrega la capacidad de la clase con   conciencia política para quebrar al viejo orden, la situación revolucionaria deviene en crisis revolucionaria y de triunfarse en revolución. Llega el tiempo de la conquista del poder, del `asalto a la fortaleza’, de la gestación de un doble poder, como en las revoluciones burguesas (inglesa, norteamericana, francesa) o en las proletarias (Comuna de París, Rusia Soviética). De allí que para el marxismo la teoría de la revolución y de la conquista del poder guía la acción, marca el camino, enfrentando a la burguesía mundial y a sus colaboradores en las filas del movimiento obrero y popular.

 

 

(86) Marx-Engels: “El Manifiesto Comunista”

(87) Engels: Carta a Trier, 1889).

(88) Lenin: “Las tareas del proletariado en nuestra revolución”

 

 

 

 

 

                  36. La dictadura del proletariado

 

 

Al conocerse la derrota de Napoleón III contra Prusia (1870) la lucha revolucionaria popular derroca al Segundo Imperio e instaura la Tercera República Francesa. En París, fracasa el intento republicano de levantar el sitio impuesto por los prusianos, y luego el pueblo choca contra ese gobierno republicano burgués. Nace la Comuna de 1871. En sus dos meses de vida -hasta la represión prusiana- pone fin al reclutamiento forzoso y al ejército permanente, limita el sueldo de los funcionarios públicos, declara propiedad nacional los bienes de la iglesia, termina con la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, condona alquileres, elimina el trabajo nocturno en las panaderías, ordena la explotación de los talleres abandonados por sus propietarios por cooperativas de obreros, quema la guillotina y derriba los símbolos del militarismo bonapartista. El poder pasa a manos del proletariado.

 

La Comuna de París (1871) es la gran experiencia de la que se nutren los teóricos clásicos. “La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al Poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento.” (89)

 

Y resalta: “Contra esta transformación, inevitable en todos los Estados existentes hasta ahora, del Estado y de sus órganos de servidores de la sociedad en dominadores de la misma, la `Comuna’ aplicó dos remedios infalibles: primero, colocó en todos los cargos administrativos, judiciales, de instrucción pública, a personas elegidas por sufragio universal, introduciendo al mismo tiempo el derecho de revocar a todos esos elegidos en cualquier momento a voluntad de los electores; segundo: pagaba a todos […] un sueldo que no era superior a la retribución percibida por los demás obreros[…] barrera eficaz contra los buscadores de buenos empleos y contra el carrerismo…” (90).

 

Apoyándose en esa experiencia Marx sostiene: “Entre la sociedad capitalista y la comunista hay un período de transformación revolucionaria de la primera a la segunda. A este período corresponde una etapa de transición política durante la cual el Estado no puede tomar otra forma que la de la dictadura revolucionaria del proletariado.” (91).

 

Después, Lenin subraya: “Marxista solo es al que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado.” (92).

 

La Revolución Rusa busca este objetivo. Sin embargo, la situación generada al no estallar la ansiada revolución proletaria en Europa, a las intervenciones imperialistas, a la feroz guerra civil, a las contradicciones en el seno de las clases populares y a las mismas debilidades del proletariado, pronto desvirtúa el objetivo. La postración de la clase obrera, cuyos mejores cuadros bolcheviques fallecen en la guerra, la desaparición de Lenin, la afirmación de Stalin, la burocratización, determinan que la dictadura del proletariado se desfigure en una dictadura terrorista y burocrática sobre el proletariado y el pueblo.

 

El joven Marx (1844) había empleado otra expresión para el concepto que luego denomina dictadura del proletariado: `democracia verdadera’.  “La democracia verdadera requiere la reunificación del Estado con la sociedad civil, bajo la acción del sujeto democrático” (el proletariado) (93).

 

Olga Fernández Ríos, Directora del Instituto de Filosofía de Cuba, con buen criterio, prefiere esta temprana denominación. Como fundamento cita a Adolfo Sánchez Vázquez: “Entre el concepto marxista clásico de dictadura del proletariado y la democracia política no hay contradicción, ya que el Estado de transición al socialismo, al desarrollar el potencial democrático de la nueva sociedad más allá del límite impuesto por el carácter político del poder, constituye la condición histórica necesaria de la `verdadera democracia’ o sociedad comunista.” (94)

 

¿Por qué la preferencia? Primero, porque en la actualidad el proletariado, con ser el principal, no será el único sepulturero del capitalismo, pues otros actores sociales están interesados en esa misión, resultando estrecha la expresión. Segundo, porque la experiencia en América Latina hace que el término `dictadura’ para los pueblos traiga una visión negativa. Y tercero, agrego, porque evita la incorrecta simbiosis entre la dictadura del proletariado y la burocrática de Stalin y sus continuadores.

 

(89) Engels: Introducción a `La guerra civil en Francia’

(90) Engels: Ibidem

(91) Marx: “Crítica al programa de Gotha”

(92) Lenin: “El Estado y la Revolución”

(93) Marx: “Introducción a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel”

(94) Olga Fernández Ríos: “Marx y la democracia, más allá de los dogmas y distorsiones”

 

 

  1. Las fases de transición.

 

 

Transición significa pasaje de un estado a otro. Es un concepto esencial de la dialéctica, para la cual todo está en constante fluir. Marx y Engels explican que el capitalismo –apresado en sus contradicciones, la mayor de las cuales es la creación de la clase proletaria, explotada y sepulturera a la vez del sistema- devendrá en comunismo. En esa transición habrá dos fases, que luego la Tercera Internacional, denomina socialista y comunista respectivamente. Aquellos toman como base de su análisis a la sociedad capitalista avanzada, la que genera superabundancia de riquezas que podrá ser redistribuida a toda la sociedad, merced a la sustitución de la propiedad privada por la socialista de los medios de producción y de cambio, en un proceso de transición global a escala mundial.

 

Esa nueva sociedad en su fase inferior (o socialista) en tanto surge de la capitalista, “lleva todavía en todos los órdenes, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuyo seno ha salido” (95).  Los medios de producción dejarán de ser propiedad privada de individuos para pertenecer a la sociedad. Y cada trabajador, después de realizar un trabajo social necesario, recibirá de la sociedad tanto como le ha dado.

 

¿Es la igualdad? Hay un derecho que otorga igualdad, pero como se aplica a personas desigualdades, la `igualdad’ esconde la desigualdad, porque hay individuos más fuertes, jóvenes, sanos, capaces, mientras unos son casados y otros no, unos tienen más hijos, etc. Para evitar esa injusticia, el derecho debiera aplicar la desigualdad.  Por consiguiente, en esta fase no habrá explotación del hombre por el hombre al socializarse los medios de producción y de cambio, pero persistirán diferencias de fortuna y de distribución. Se realizan los principios socialistas de que “el que no trabaja no debe comer”, y que “por una cantidad igual de trabajo se recibe una cantidad igual de productos” (96). Pero mientras los hombres no aprendan a trabajar por la sociedad sin normas de derecho, las desigualdades serán inevitables. Y habrá necesidad de un Estado (la dictadura del proletariado o verdadera democracia), que al mismo tiempo que defiende la propiedad común de los medios de producción, también mantiene estas otras desigualdades.

 

En la fase superior comunista, desaparecerá la división del trabajo esclavizador, la oposición entre trabajo manual e intelectual, el trabajo de medio de subsistencia se convertirá en goce realizador, y se augura que con el desarrollo de las fuerzas productivas habrá riquezas abundantes, que harán viable el principio “de cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades” (97) ya que los individuos trabajarán voluntariamente y tomarán lo que necesiten.

 

Para Lenin la Revolución Rusa sería el eslabón inicial y el nexo entre las socialistas europeas y las democráticas de Oriente. Sin embargo, el que haya quedado aislada, obliga a otra fase anterior a la socialista, para crear “las premisas fundamentales de la civilización” (98). Lenin había pensado que las revoluciones proletarias europeas ayudarían a la rusa a paliar la inferioridad de su base material, dado el menor desarrollo de sus fuerzas productivas respecto a las occidentales. Pero fracasan –la alemana especialmente- y mientras se procura su resurrección, en Rusia debe aplicar planes de emergencia que les ayuden a los bolcheviques a mantener el poder soviético. Estas medidas son una transición, el `Capitalismo de Estado’, hecha con la Nueva Política Económica (1921-1928).

 

Luego, otros dirigentes y vanguardias de revoluciones de los países coloniales o dependientes (Mao, Ho Chi Ming, Fidel) teorizan sobre esta transición, después de conquistado el poder.  Los nombres para esa fase son diversos: `Nueva Democracia’, `Nacional, Democrática, Popular’, etc. Pero las tareas son comunes: reforma agraria, industrialización, liberación nacional, nueva democracia, todas realizaciones previas a la revolución socialista.

 

Por fin, vale meditar sobre otra transición presente. En América Latina, después de derrotados los movimientos revolucionarios de los 60 y 70, se ha pasado del `asalto a la fortaleza’ enemiga, a rodearla y poner un pie en ella, en el actual estado burgués, utilizando el espacio reconquistado de cierta legalidad democrática. El desafío para partidos y movimientos populares es la transición -históricamente jamás lograda-  desde la obtención del gobierno a la conquista del poder. En Venezuela, Bolivia y Ecuador se ha avanzado pero su curso es aún incierto y aún más, en otros países.

 

(95) Marx: “Crítica al Programa de Gotha”

(96) Ibidem

(97) Ibidem

(98)  Lenin: “Nuestra revolución (a propósito de las notas de N. Sujanov” (16/1/1923).

 

 

                          38. El desarrollo desigual

 

 

En los países dependientes el proceso revolucionario ininterrumpido consta de una fase nacional, popular y democrática, una fase socialista, y otra comunista. Para comprender la primera fase es imprescindible compenetrarse de la ley del desarrollo desigual y combinado.

 

En sus últimos diez años, Marx estudia nuevos aspectos. Se interesa vivamente por Rusia, al punto que su mujer se queja a Engels porque aprendía el ruso “como si fuera un asunto de vida o muerte” (99). A raíz de sus estudios, en particular sobre el `mir’ -comuna rural `primitiva’ que subsiste en la Rusia penetrada por el capitalismo- rectifica su visión del itinerario evolutivo semejante que deberían pasar todos los países. Desde entonces, la Inglaterra industrial desarrollada ya no pondrá delante de la menos avanzada Rusia ‘el espejo de su porvenir’. Marx enfoca “cierta cantidad de problemas más amplios, nuevos para su generación, pero que hoy se identificarían fácilmente como relativos a `sociedades en vías de desarrollo’, `modernización’, `dependencia’ o la difusión desigual del capitalismo internacional por toda la `periferia’. En las nuevas investigaciones de Marx había algunos componentes de todo esto, aunque ninguno desarrollado por completo. En el centro, se encuentra la idea, de reciente concepción del `desarrollo desigual´.”  (100)

 

Será Lenin quien considera que la ley histórica del desarrollo desigual y combinado, es la fundamental que rige la transición del capitalismo al socialismo. Expone que cuando la acumulación de capitales dentro del territorio nacional no encuentra inversiones redituables, se exportan capitales. Así, el capitalismo en su fase imperialista, organiza y combina la desigualdad entre las metrópolis y las colonias y semi-colonias y nutre su prosperidad gracias al atraso de la periferia, de modo que la oposición entre naciones opresoras y oprimidas es consecuencia de dicha ley.

 

“¿Qué es subdesarrollo? Un enano de cabeza enorme y tórax henchido es `subdesarrollado’ en cuanto a que sus débiles piernas o sus cortos brazos no articulan con el resto de su anatomía; es el producto de un fenómeno teratológico que ha distorsionado su desarrollo. Eso es lo que en realidad somos nosotros, los suavemente llamados `subdesarrollados’, en verdad países coloniales, semicoloniales o dependientes. Somos países de economía distorsionada por la acción imperial, que ha desarrollado anormalmente las ramas industriales o agrícolas necesarias para complementar su compleja economía. El `subdesarrollo’ o el desarrollo distorsionado, conlleva peligrosas especializaciones en materias primas, que mantienen en la amenaza del hambre a todos nuestros pueblos.” (101)

 

El capitalismo gesta la integración mundial tanto como la mayor desigualdad entre las naciones. “Hasta el advenimiento del capitalismo lo igual predomina sobre lo diferente, pero el capitalismo promueve las más acusadas desigualdades, las intensifica. Con el capitalismo el desarrollo desigual se transforma sucesivamente, de un rasgo del proceso histórico, en un mecanismo íntimo de su funcionalidad y a partir de la fase imperialista, en una verdadera ley […] Ya no hay historias como compartimentos estancos, sino una historia”. (102)

 

Pero mientras las metrópolis son determinantes, las colonias y semicoloniales son determinadas. “Imperialismo y subdesarrollo son caras de un mismo prisma” (103), por lo que no habrá desarrollo sin liberación nacional. Esa es la raíz por la cual en los países dependientes la lucha antiimperialista plantea la defensa de las nacionalidades. En tal sentido Lenin fija principios: “Completa igualdad de derechos de las naciones; derecho de autodeterminación de las naciones; fusión de los obreros de todas las naciones” (104). 

 

La lucha nacional antiimperialista y la lucha socialista anticapitalista van indisolublemente unidas. ¿Por qué? El Che es radical: “Por (que) … las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo –si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer, o revolución socialista o caricatura de revolución.” (105)

 

 

(99) Teodor Shanin: “El Marx maduro y el `capitalismo periférico’ en Rusia”

(100) Ibidem

(101) Ernesto Che Guevara: “Cuba: excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista”

(102) Vivian Trías: “Crisis y subdesarrollo en el Uruguay”

(103) Ibidem

(104) Lenin: “Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación”

(105) Ernesto Che Guevara: “Mensaje a la Tricontinental”    

 

                         39. Estrategia y táctica

 

 

Para Marx la finalidad fundamental de la táctica del proletariado consistía en la concordancia rigurosa de la misma con todas las premisas de su concepción materialista dialéctica.” (106) La concepción es una visión de conjunto de la naturaleza y de la sociedad, que, en el caso del materialismo dialéctico, se formula en consonancia con los intereses del proletariado. Por consiguiente, a partir de esa concepción, se piensa la estrategia (para ganar la guerra) y las tácticas (para ganar las batallas de esa guerra) interrelacionadas.

 

Las estrategias y las tácticas no son exclusivas de los trabajadores. Así, ante la profunda crisis del sistema capitalista mundial, y en particular, ante la crisis de hegemonía del imperialismo norteamericano, EE.UU. posee una estrategia global pero varias tácticas, pues “no pone todos los huevos en la misma canasta [Es decir que] su estrategia puede adaptarse a varias soluciones en los países de su zona dependencia.” (107)

 

Marx y Engels fundamentan simultáneamente la independencia política del partido obrero, a la vez que indican la necesidad de establecer alianzas con otros partidos, o aún más, que el partido de la clase los apoye en cuestiones concretas, dejando claro que “no nos hacemos la menor ilusión respecto del resultado de la lucha si se logra la victoria; [pues]  a partir de ese día constituiremos una `nueva oposición’ frente al nuevo gobierno, pero no una oposición reaccionaria, sino progresista, la oposición de la extrema izquierda, que estimulará nuevas conquistas, rebasando los límites de lo ya logrado.” (108).

 

Pensadores posteriores definen con mayor rigor, no sólo la política de alianzas, sino los conceptos mismos de estrategia y de táctica. Los vietnamitas afinan respecto a la estrategia y analizan “cada etapa de la revolución para discernir bien al enemigo por derrocar”, (109) las fuerzas motoras de la revolución y los diversos aliados a ganar (“cercanos, lejanos, confidentes, temporarios, vacilantes, condicionales, etc.”)  con los cuales “bajo la dirección de la clase obrera, atacar la ciudadela del enemigo, derrocarlo y conquistar la victoria para la revolución. […]. El objetivo consiste en aislar el máximo grado al enemigo concreto e inmediato, y agrupar completamente a las fuerzas revolucionarias a fin de derrocarlo. En cuanto a la política de alianza, hay alianzas duraderas para toda una etapa estratégica de la revolución y alianzas temporales para un período determinado de una etapa revolucionaria. Hay también alianzas para la acción y alianzas para la neutralización.” (110).

 

También se analiza la táctica revolucionaria que “consiste en definir el objetivo que ha de seguir la clase obrera en cada período de flujo o de reflujo de la revolución, en escoger las formas de lucha de organización, las consignas de propaganda y agitación que convienen a cada período y situación, en sustituir las viejas formas de lucha y de organización, las consignas viejas por las nuevas y en combinar las diversas formas de lucha y de organización para conquistar la victoria en cada movimiento y en cada lucha.” (111)

 

La estrategia define a los aliados duraderos para todo un período histórico, mientras la táctica define a los aliados ocasionales para acciones puntuales.  “Para desarrollar una táctica correcta, es imprescindible tener una justa política de alianzas. Se trata pues, de anudar alianzas duraderas (válidas para toda una fase estratégica de la revolución) y también alianzas temporales (válidas para un período determinado de una fase estratégica).” (112)

 

En síntesis: en los países dependientes el desarrollo sólo se obtendrá liberándonos del imperialismo y del bloque del gran capital. Vivian Trías, medio siglo atrás, previene: “La prensa entreguista, los teorizantes de la `libre empresa’, los `técnicos’ del FMI y más de un catedrático de renombre, sostienen que nunca podremos lograrlo sin la ayuda extranjera, sin el empréstito, sin la inversión exterior.” (113). Juicio de palpitante actualidad frente a quienes confían en esa ayuda, en ese empréstito, en esa inversión.

 

(106) Lenin: “El marxismo”                                      

(107) Nikos  Poulantzas: “Las crisis de las dictaduras. Portugal. Grecia. España.”

(108) Engels: “La futura revolución italiana y el partido socialista”  

(109) Truong Chinh: “Sigamos el camino trazado por Carlos Marx”

(110) Ibidem

(111) Ibidem

(112) Ibidem

(113) Vivian Trías: “Reforma agraria, industrialización y revolución nacional en el Uruguay”

 

                              VII. Conclusiones

                            40. El marxismo del siglo XXI

 

 

 

Pretendo refrescar el conocimiento de la concepción marxista del mundo y de la sociedad, y -tarea más compleja-  ubicarla en el presente.  Se sabe que cada época replantea una reinterpretación del pasado en base de las experiencias del presente. En la nuestra, ni el marxismo como teoría revolucionaria del proletariado, ni el socialismo como solución, se recuperarán plenamente de varias de las experiencias frustrantes del siglo pasado, si no es a partir de una profunda crítica y autocrítica. Y no habrá recuperación sin una sólida base ética que rechace la ignorancia, el ocultamiento, la mentira, la calumnia.

 

Además, habrá que reafirmar lo expresado por los fundadores, en el sentido que el socialismo será mundial o no será. “Mientras no sea el proletariado internacional el que custodie revolucionariamente las fronteras de los estados obreros que van surgiendo, la hipertrofia del ejército, de la diplomacia, de la policía, de la burocracia, en todas sus formas, del Estado en una palabra, será inevitable.” (114)  Más aún, admitiendo que haya diferentes ritmos de acercamiento y de construcción del socialismo en diversas regiones y países, la transición como tal, abarcará al planeta entero.

 

Los siglos precedentes han tenido lecturas distintas del marxismo. El siglo XIX, el de su nacimiento, enfatiza que Marx y Engels son herederos de Hegel y del iluminismo, ideólogos de la Liga de los Comunistas, críticos de la economía política inglesa, promotores de la revolución proletaria. El siglo XX los representa como los creadores del materialismo dialéctico y del histórico, teóricos de certezas revolucionarias, justificadores de los dogmas de los poderes burocráticos. Desde la caída de los regímenes del `socialismo real’ el marxismo se representa como una concepción abierta, sin pretensiones de infalibilidades, y, sobre todo, reivindica su tradición de teoría crítica al servicio de las clases y sectores explotados y oprimidos. En los aportes de sus fundadores y de sus continuadores, están las raíces críticas del capitalismo y la promoción de la lucha revolucionaria.  Su teoría es plenamente reivindicable, despojada de la falsa pretensión doctrinaria que regla el pensamiento, de una filosofía de la historia o sociología de las clases que anuncie la inevitable victoria del proletariado, o de la idea de la inexorabilidad del progreso.

 

Pero desde el siglo XIX se le intenta `superar’: “¿dónde se encuentra la concepción del mundo que superaría el marxismo? No se la ve por ninguna parte. Sólo la concepción cristiana del universo tiene una amplitud que le permite oponerse doctrinalmente al marxismo ¡Pero no se ve bien en qué y cómo el tomismo supera el marxismo!” (115)

 

 En las últimas décadas lo han pretendido `superar’ los pos-modernos, ideólogos del escepticismo, de la futilidad y de la evasión, de la pasividad y de la adaptación, de la aceptación de la realidad, apenas modificable con retoques mínimos. ¿Es lícito afirmar que a partir de la mecánica cuántica y el estudio de los procesos irreversibles no se podrá prever con certeza el desarrollo de casi ningún proceso de la realidad? Pero la conclusión no es negar todo conocimiento posible. Lo que podemos conocer de los procesos y desarrollos futuros, son probabilidades y no certezas. Pero conocer las probabilidades significa que podemos conocer, que podemos buscar las tendencias.  “Si el porvenir no está escrito, aparecen ante nosotros diversos caminos posibles. Y la tarea de la ciencia es calcular la probabilidad de una evolución u otra, algo que nos exige un nuevo enfoque de la racionalidad, volver a pensar lo incierto.” (116). Ese es el camino de los revolucionarios marxistas: comprender las tendencias, las vías, para emancipar a los trabajadores. Igualmente, aunque no haya certezas absolutas, se puede constatar cada vez más probabilidades de superación del capitalismo. Con mayor dramatismo, vale la afirmación de Rosa Luxemburgo de ‘socialismo o barbarie’, actualizada en `socialismo o extinción’.

 

He respetado el concepto de leyes proveniente de los teóricos fundadores del marxismo, que lo recogen de su época. Sin embargo, es un concepto cuestionado por el desarrollo científico. Y sirve para ejemplificar que el proyecto de superar el marxismo no tiene sentido ni porvenir, porque el marxismo es la concepción que se cuestiona e investiga a sí misma, pues se enriquece sin cesar mediante el método científico. “No se conoce otro remedio eficaz contra la fosilización del dogma –religioso, político, filosófico o científico- que el método científico, porque es el único procedimiento que no pretende dar resultados definitivos.” (117)

 

 

(114) Carta que me enviara Enrique Broquen (1988)

(115) Henry Lefebvre: “El marxismo”         

(116) Ilya Prigogine: “La Nación” de Buenos Aires

(117)  Mario Bunge: “¿Cuál es el método de la ciencia?”.

 

                              

 

Comparta este artículoEmail this to someoneTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedIn